Chim Pum Callao

Temas Especiales de los Chalacos

Este espacio está disponible a todos los chalacos que tengan interés en exponer algún tema de su preferencia. Los temas deben ser relacionados al Callao o al Perú.

Enviar temas a webmaster@chimpum-callao.com

El Señor del Mar, Patrono del Callao (extracto) por Ricardo Pérez Torres Llosa

Breve historia de la ruina del Presidio el 28 de octubre de 1746 y sobre el Cristo de la Caña hallado en 1756.

De la ruina al hallazgo

Durante la primera mitad del siglo XVIII el Callao no tuvo muchas construcciones. Antes del desastre de octubre de 1746, el Callao no estaba muy bien cimentado. Conocido como Presidio, comprendía el amurallamiento levantado durante 1624 por el Marqués de Guadalcázar y la ciudadela construida en 1640-1647, gestión del Marqués de Mancera. Tampoco existía la fortaleza del Real Felipe.

El Callao, localizado en la región de la costa sector centro occidental, recibe los efectos, directamente, del llamado cinturón de fuego circumpacífico, o sea, está dentro de una zona de alta siismicidad. Asi, desde 1586 hasta 1974, seis terremotos lo han destrozado, el de menos magnitud fue el de 1966 (7.0 grados de la escala de Mercally Modificada), sin embargo lo sobresaltó. Ahora, de los 16 maremotos, el 50% lo hizo trizas.

Cabe apuntar lo siguiente: desde la colonia hasta 1746, el Callao -lo indicamos líneas arriba- era conocido con el nombre de Presidio, que no significa prisión sino una población amurallada, lista a defenderse de los ataques de afuera, principalmente de los filibusteros. Empero los fuertes de España lo designaban usando la palabra Callao. Confirma aquello las instrucciones de Pedro de la Gasca, cursadas el año 1547.

Otra cosa, el viejo Presidio alojaba plazas, sitios notables e iglesias. Mencionamos, aparte de los templos, la casa parroquial y la Puerta de la Mar (acá se dio la brecha que abrió la masa de agua), la Casa de Gobierno, el camino a Lima, el sitio que hacía la aguada, la Plaza de Armas, el muelle Real, la Ramada, el antiguo Pitipiti (fuera de las murallas, en el centro izquierdo, mirando hacia La Punta), etc. Los baluartes fueron los siguientes: San Miguel, San Ignacio, Santa Cruz, Santa Catalina, Santiago, San Juan Bautista, Santo Domingo, San Felipe, San Luis, San Lorenzo, San Francisco (cerca al Pitipiti), San Pedro, San Antonio, los cuales rodeaban, como ánimas de santos, al Callao, a ese Presidio que no respetó la furia de octubre de 1746, dejáandole sólo unos trozos de la muralla, dos puerta grandes a modo de recuerdos tristes.

Lo acaecido el 28 de octubre de 1746 marca un momento de espanto en la historia de un pueblo. Era como si una fiera hubiera escapado y convertía en polvo todo lo que pisase. Ninguno de los mortales de esos tiempos pensó que tal fenómeno se daría realmente. Fue una especie de apocalipsis en un espacio determinado.

Aquella vez el mar inundó más de un cuarto de legua, lo afirma José Eusebio Llano y Zapata. Se trago las cuatro murallas principales, incluso la que era de piedra de cantarilla. Quedaron destrozados los baluartes, especialmente los nueve que miraban a tierra. Sostienen los entendidos que las aguas vinieron del norte y noroeste, al chocar con el cabezo de San Lorenzo no siguieron hacia el sur, la masa líquida se dividió llegando una parte al centro del Callao. Acaeció el desastre natural a las 10:30 p.m. En Lima el sismo tuvo una intensidad muy fuerte, cayéndose 25 casas de las tres mil que habían, muriendo de mil a cinco mil de 60,000 pobladores. Las olas alcanzaron los veinte metros de altura originando la destrucción total del Callao, muriendo 4,800 personas, apenas si salvaron 200, los marinos y pescadores, residentes estos últimos fuera de la muralla; los presos de la isla de San Lorenzo, "condenados a trabajos forzados". También 22 escaparon de la muerte por estar en el bastión Santa Cruz, los demas eran arrojados más de dos leguas de arruinado Presidio. La ola parecia una trompa contra quel viejísimo fuertes sin embalsarse, por eso de sus camaras pudo retirarse la pólvora guardada sin humedad.

Las olas, según cierto marino sobreviviente de la fragata "San Fermín", fueron mas altas que la propia isla de San Lorenzo, formadas a dos millas de distancia. El maremoto se inició, lo dijimos, al chocar las susodichas contra Sina, dividiendose en dos para asolar el Callao de norte a sur, traspasando la península. Llegó a desbordarse por Chorrillos. Las aguas llegaron hasta un fundo sito entre el Callao y Lima: la hacienda Aguilar, escogida después para fundar el pueblo de Bellavista al promediar 1747 bajo la advocación de San Simón y San Judas Tadeo. El Marqués de Obando, jefe de la Escuadra y General del Mar, dijo que hasta la hacienda Chacra Alta el oleaje arrastró al "San Fermín" con sus treinta cañones. Y donde estuvo el Hospital San Juan de Dios varó el "San Antonio", de Tomás Costa, construido en Guayaquil. Aquí quedo fondeado asimismo el "Michelet" de Adrián Corzi; mientras el "Socorro" de Juan Bautista Baquíjano, que había arribado de Chile ese fatídico día, vino a parar a los sauces del viejo Pitipiti (hoy Chucuito). Eso sí, la artillería del fuerte quedó enterrada.

Después del maremoto, Manso de Velasco mandó construir la capilla interina en Bellavista.

El Sagrado Hallazgo

Pues bien, la imagen del Señor del Mar se descubrió al existir la capilla provisional de Bellavista, dedicada a San Simón y San Judas. Los esposos Casavilca, él: don Antonio, pescador, fueron quienes encontraron, después de diez años de la tragedia del Callao, y en San Diego, antiguo fundo Aguilar, la ahora Bellavista, al considerado Patrono de la Provincia Constitucional, esta ciudad mariana. Estaba dentro de una caja de madera. El hallazgo tuvo ribetes asombrosos. Gran noticia. Era una talla de fina madera, por su posición representaba a Cristo. Se le llamó primero Señor de la Caña, Señor Justo Juez, luego lo bautizaron como Señor del Mar, despertando así un profundo sentimiento religioso. Los fieles construyeron una gruta, convertida posteriormente en la capilla de Bellavista, adonde se le condujo.

El Señor del Mar, cuya existencia simbólica supo de la primera piedra tendente a edificar la fortaleza del Real Felipe (1º de agosto de 1747), terminada en 1774, un pentágono menos extenso que el viejo Presidio donde no permitióse en sus límites ningun establecimiento religioso ni barracas de particulares, constituye una obra de quilates, se atribuye su autoría al sevillano Juan Martinez Montañes, cuyo estilo existía durante la primera mitad del siglo XVII. Se trata de una imagen que se presenta con las manos estrechadas, los cabellos como de peluca, las piernas algo sueltas. Da la impresión de ser un personaje alistado para representar un drama de la pasión. Su mirada es dolida, al mismo tiempo firme. Esta sentado sobre una peña. El anda suya pesa dos toneladas, la cargan 24 hermanos.

Para conmemorar el terremoto del 24 de mayo de 1940, al Señor del Mar se le rinde culto sacándolo en procesión. Ese desastre también tuvo consequencias funestas, hasta la actualidad vigentes. Se inició a las 11:35 a.m. Duró un minuto con 32 segundos. Era una eternidad su sacudida. El suelo se agrietó. En mayo, pues, y sólo ese día, es sacado procesionalmente.

El solemne novenario, la festividad del Señor de Octubre, comienza la segunda mitad del décimo mes del año. La imagen es trasladada de su altar a sus andas de plata, asiste todo el cuerpo directivo de la Hermandad, inclusive los hermanos y hermanas integrantes, venerando de dicha manera al Protector del Callao. Luego las cuadrillas o sahumadoras le ofrecen misas desde el día 17, a partir de las 7 de la noche. El 28, a las 7 de la mañana, una misa celebrada en su honor por el Obispo del Callao dará inicio a la conmemoración del hallazgo de la sagrada imagen.

La Cruz Blanca es una de las tres inmisas que presenta el Callao en sus caminos. Leyenda, mito o lo que sea, dichas cruces existen como testigos de un antiguo historial. La primera, la ubicamos entre Colón y Salom, junto al Mercado Centra; la otra se puede ver en la Legua, la tercera está en La Punta.

Son maderos sencillos; pero de honda significación.

Aquel 28 de Octubre de 1746 el campanario de la parroquia Matriz anunciaba las diez de la noche. Celebraba la fecha la fiesta de San Simón y San Judas Tadeo, patronos del Callao. Al rato llegó la tragedia. Entonces la nave "San Fermín", una fragata de buena factura, fue varada como si hubiera sido un barquito de papel, cayó en la esquina de Salom con Colón, uno de sus mástiles precisamente sirvió para hacer la referida cruz. Allí los franciscanos ofrecían semones durante la festividad del Señor del Mar, de eso hace muchos año; además la mujeres del Mercado de Abastos cuidaban la ermita cuyo interior exhibía cuadros religiosos, ahora desaparecidos. La Cruz Blanca muestra el rostro del Cristo que padece.

La segunda cruz, sobre una peana sencilla, casi plantada sobre tierra, fue erigida por los creyentes al lado de la ex Factoría de la Compañía Nacional de Tranvías, cerca al Santuario que aloja a la Virgen del Carmen. Se asevera que hasta allí avanzó el mar, "hasta ese paraje" silencioso. Por tener altura el terreno, Lima pudo salvarse, de no haber sido así otro sería el cantar, incluso se hubiera cumplido la profecía de Santa Rosa.

Acerca de la punteña no hay mayores datos. En este lugar que fuera barrio de pescadores, antes de devenir balneario, aquélla estuvo al costado del recordado casino Miramar, ahora descansa en un lado de la playa cercano a los restaurantes de mariscos, al malecón, con frente cuasi al Club de Leones. Hasta 1915 se organizaban solemnidades el primer domingo de mayo, la víspera solían llevarla enm procesión a la iglesia Matriz, oficiándose una misa, luego a la 10a.m. regresaba a La Punta, previa otra liturgia en la capilla del distrito, cuando todavía no era parroquia.

El Señor del Mar es como el de los Milagros de Lima, el de los Temblores en Qosqo o el de Luren en Ica. Solamente se diferencia de los otros porque parece un humano llevado en hombros. No constituye la pintura de caballete ni resulta bulto de yeso. Idéntico al origen del Callao, no presenta una partida de nacimiento. Vale como tal. Además apareció de pronto. Ningún papel dice quien fue exactamente el autor de la imagen. Se habla de Martinez Montañés. La documentación desapareció al producirse la ruina. Parece que iba hacia otros destinos geográficos. Lo cierto es que se hizo para quedarse en el Callao.

De ser el autor Juan Martinez Montañés, se ha inmortalizado. Empero, ¿quién es él? Fue un escultor y arquitecto, había nacido en Alcalá la Real (Jaén) en 1568. Está considerado uno de los representantes imagineros de España, contribuyendo su ate a la difusión del barroquismo. Entre las obras suyas consignamos San Juan Bautista, La Virgen de las Cuevas, Santo Domingo de Guzmán, Cristo de la Buena Muerte (en el Museo de la Universidad de Sevilla), San Miguel (en Jerez), La Dolorosa (en Berlín), etc. América, especialmente la iglesia de San pedro de Lima, conserva algunas imágenes talladas por dicho insígne artista. Murió el año 1648.

La obra expresa muchas inquietudes, la consideramos una maravilla. Ese acabado único le otorga solemnidad, un carácter grandioso de intenso dramatismo. La disposición de las ondas de la cabellera y de la barba son asombrosas, los propios pies y manos dan proporción al continente del personaje místico. La mirada, sobre todo, alcanza lo admirable. Y los ojos bien abiertos traducen angustia. La boca es de dolor. También sostiene la caña como si hubiera concluído una música de calvario.

Imagen de devoción, escultura de admiración, el Patrono del Callao reside en Marco Polo 248. Allí le aconseja a sus fieles: "Si alguien me ama, cumpla mis Mandamientos". No en vano "el Viejo" es "Jesús El Salvador, que calma las tempestades".

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Mi amigo Rodríguez por Enrique Vigil Zúñiga

Había sido un día lleno de contrariedades, como cuando a alguien se le cruza un gato negro y el infortunio le cae como un huayco, según dicen, por culpa del maléfico felino, cuya única desgracia, es haber llegado a este mundo cubierto de negro pelaje, que lo tendrá que llevar hasta la consumación de sus siete vidas.

Volviendo a aquel día, salí a caminar con mi pesada jornada a cuestas, y mientras deambulaba por la vereda de mis cavilaciones tuve el presentimiento que el destino, cual laboriosa araña, tramaba los hilos que me pondrían frente a alguien que no veía por más de 30 años. En efecto, a cierta distancia delante mío caminaba un sujeto con aire despreocupado, cuyas características no me eran del todo desconocidas. Apuré el paso y tan pronto lo puse a tiro de mis pupilas, mi base de datos a velocidad de una Pentium multimedia me confirmaba que se trataba nada menos que de Rodríguez. Y es que en realidad Rodríguez, no obstante el tiempo transcurrido, es de las personas con fisonomía que difícilmente uno olvida. Porque aparte de habérsele caído el pelo, bigotes al puro estilo mejicano, una impresionante miopía, algunas arrugas, cicatrices y lunares que decoraban su rostro, Rodríguez es uno de los pocos seres que se distinguen por su macrocefalia que para tener idea de su dimensión, su sombrero, más que eso, parece una sombrilla, entonces, como podría confundirlo!

A mi amigo Rodríguez lo había conocido accidentalmente, en aquella época en la que a uno lo disfrazaban de pantalón cortito y corbata de moño. Fue cierto día en circunstancias que ambos habíamos decidido romper el récord nacional de velocidad y en nuestra loca y desenfrenada carrera, antes de llegar a la esquina del barrio, los frenos no nos respondieron a pesar de los esfuerzos que hicimos para evitar la colisión de los vehículos, mejor dicho, nuestros pequeños triciclos.

Como sería el calentón que sintió el turronero (después fuimos discretamente informados que el susodicho durmió siete idas en posición cúbito ventral y con unas cataplasmas colocadas en el lugar del recalentamiento), que dio un salto y con el catapultó a Rodríguez hacia su tercer paso, precisamente con el que tenia la plancha de turrón pegada al zapato. En su desesperación para no malograr la dulce mercancía dio un giro al puro estilo Michael Jordan y tomando la plancha con las manos, la elevó estirando los brazos mientras el caía aparatosamente al suelo, pero con tal mala fortuna que el turrón fue a caer en la canasta, pero del vendedor de pescado que en ese momento transitaba por allí.

En cuanto a mi, no se si tuve mejor suerte porque, igual que Rodríguez, también salí disparado como una bala humana, con la diferencia que si el dio tres pasos, a mi me tocó dar dos botes como si fuera una pelota de ping pong. Recuerdo como si fuera anteayer, que en mi vuelo fuera de control una sola idea acaparaba mi mente, y esa no era otra que lograr un aterrizaje forzoso en el que, sobretodo, el fuselaje, las alas y la cabina de mando (o sea mi cabeza), debían tocar tierra con el menor numero de contusiones. Con esa idea como divisa y exacerbados a la santa potencia mis instintos de conservación, abrí los brazos como alas de aeroplano y me aferré de lo primero que se cruzó en mi vuelo. El parante del toldillo que fijaba los límites y daba prestancia al establecimiento ambulatorio de la vendedora de picarones, fue lo primero que se puso en mi camino. Como era de esperar, en un negocio en vías de desarrollo, el parante no era réplica de una columna del Partenón ni mucho menos un obelisco egipcio, por lo que no soporto la potencia de mi vuelo, sin embargo, me obligó a un aterrizaje forzoso sobre la mesita que la dueña del negocio había dispuesto y donde cuatro clientes rendían honores a sus deliciosos picarones.

En mi veloz acercamiento a la ocasional pista de aterrizaje pude observar que muy cerca de ella se había colocado el enorme perol donde en aceite hirviendo se freían picarones. Yo caía con el parante en manos y el arrastraba el toldillo que me servia de paracaídas, sin embargo, en los segundos que duro la acción, mis neuronas, en extremo neuróticas, pusieron en alerta máxima a mi instinto de salvar el pellejo ante el peligro de tomar un bronceado instantáneo junto con los picarones. No había mucho tiempo para pensar, mas si para actuar, de modo que tan pronto toqué pista o mejor dicho caí sobre la mesa, mi cuerpo dio el primero bote.

El pánico y el toldillo cuya función paracaidística había concluido, nos envolvía a todos por igual, y bajo aquella inesperada carpa, donde yo era un convidado sin invitar, no era extraño que la sorpresa en ese primer instante había ocupado totalmente la capacidad de reacción de los comensales que impedidos de hilvanar conciencia de lo que estaba sucediendo, excepto yo, por supuesto, me mantenía lucido y dispuesto a dejar prehistórico cualquier récord olímpico con tal de no caer en el perol. Derramando adrenalina a caudales, baje los alerones, apliqué frenos y en desesperada maniobra para no llegar al final de la pista donde ya sentía el calorcillo que emanaba del perol, me agarré como un pulpo de cuatro extremidades del primer obstáculo que se puso a mi alcance.

El obstáculo salvador resultó ser la cabeza de un comensal, que por el estridente grito que salió de su voluminoso pecho, presumí que se trataba de una dama, cuya confirmación fue casi inmediata cuando el moño que mis manos habían atenazado se desprendió dejándome otra vez envuelto en el peligro.

La inesperada situación me obligó a dar un giro en grados que por razones obvias no tiene importancia recordar, lo cierto es que fui a dar como una ventosa contra una gruesa contextura varonil y nuestro encuentro, falto de modales y plagado de locos afanes, por las accidentales circunstancias, terminó con mi mano derecha, sin explicarme como, metida en su boca atenazándole con mis dedos el maxilar, mientras la izquierda se aseguro como un garfio en la parte mas protuberante de la cara de otro comensal.

Por un instante, creí que el susto de mi vida había concluído pero me equivoqué, el hombre accionado como un resorte puso de pie su humanidad de casi dos metros, arrojando el toldillo por los aires y conforme se incorporaba yo volvía a levantar el vuelo con mi mala suerte de copiloto.

Mi separación con aquello que por un instante había sido mi salvación fue inevitable, así fue como una dentadura postiza en mi mano derecha y unos gruesos lentes en mi mano izquierda iba directo a dar mi segundo bote, esta vez en dirección al pavimento sin paracaídas.

El alboroto que se armó en el lugar de los acontecimientos era previsible, la dama, que había caído del asiento, buscaba desesperada su peluca, un hombre estaba en el sueldo de espaldas con la cara más acaramelada que una manzana, otro, buscaba su dentadura postiza mientras el tercero, recibía una cachetada de la dama por haberle tocado lo que no debía en su afán de encontrar sus anteojos.

Tendidos en el suelo, Rodríguez y yo, más asustados que golpeados, vimos como la calma, haciendo un paréntesis en la trifulca, hizo reaccionar al turronero, la anticuchera, la picaronera y los comensales, quienes en medio del descomunal desorden buscaban a los causantes de tan tremebunda situación. Estaba ya por ponernos las manos encima y descargar sobre nosotros su justificada indignación, cuando aparecieron nuestras adorables madres. Nunca pudimos enterarnos quien las llamó o a que Santo dar las gracias por el milagro que las hizo llegar tan oportunamente, lo cierto es que más por miedo que por dolor, ambos estabamos en un mar de lágrimas y en ese estado nuestras angustiadas madres nos rescataron y condujeron a la Posta de Emergencia para el examen y curación de nuestras contusiones.

El solícito enfermero después de auscultarnos minuciosamente y comprobar que los ligeros rasguños encontrados no justificaban los desconsolados llantos, se tomó la barbilla con la mano y luego de meditar un minuto pronunció las palabras mágicas . "A ver señoras, bajen el pantalón a los muchachos que es necesario aplicarles un enema".

Sólo recuerdo que Rodríguez, en la carrera de regreso al barrio, me ganó por una cabeza reivindicando su apodo y ejercitando en esta singular competencia la ventaja de ser cabezón. Aunque suene estreñido, lo cierto es que mi entrañable amistad con Rodríguez fechó partida de nacimiento con aquel fallido enema. Nuestro compañerismo continuó durante años gracias al designio de la coincidencia porque, además de otras experiencias infantiles, seguimos compartiendo la misma carpeta bipersonal en la escuela de primarios.

Un día de verano vacacional, como era de costumbre en aquella época, los muchachos del barrio realizábamos muy temprano pelota en mano, el reclutamiento de puerta en puerta de los comprometidos para el partidito matinal. Grande fue nuestra sorpresa al constatar que durante la noche la familia Rodríguez había abandonado el barrio con destino desconocido, llevándose, como no podía ser de otra manera, a mi amigo, a quien no volví ver hasta aquel día.

Estaba a punto de llamarlo por su nombre cuando una idea cruzó por mi mente y me contuve. Pensé en aquella época infantil y cuanto la habíamos disfrutado juntos, entonces decidí que debía hacer algo para que el encuentro fuera de grata recordación. ¡Le haría una broma a Rodríguez!

Me acerqué a él y con el dedo índice extendido le presioné la espalda a la vez que exclamaba con voz ronca "¡Al fin te encuentro Malandrín! Han pasado muchos años pero no has cambiado lo suficiente para no reconocerte! … Esta vez si te aseguro que ya no podrás escapar!

Rodríguez lejos de dar vuelta para encontrarse cara a cara conmigo y terminar ambos confundidos en un fraterno abrazo, permaneció rígido y comenzó a tomar un color transparente. Mudo y paralizado, Rodríguez hubiera obtenido nota sobresaliente haciendo el doblaje a la estatua del monumento al soldado desconocido sobre el Morro Solar, yo, por supuesto, hice todo lo posible por contenerme para no estallar en carcajadas. La palidez cubrió a Rodríguez de sombrero a zapatos y dándome la impresión que se desvanecía, atiné instintivamente a sujetarlo con ambos brazos por el tórax para evitar que cayera al suelo.

Fue entonces que Rodríguez, en acto convulsivo, levantó los brazos y totalmente frenético grito, ¡Yo no fuí, te juro que yo no fui! La expresión de su rostro era la perfecta combinación del terror y la desesperación, con los ojos desorbitados y entreabriendo la boca continuaba balbuceando, casi imperceptible, su inocencia.

En ese momento los signos vitales de Rodríguez eran de pronóstico funerario, y quien mejor que yo para certificarlo si aferrado a el como estaba, me los transmitía como si fuera su estetoscopio. Era evidente que la broma se había extralimitado, y antes de que mi amigo fuera declarado inelegible para continuar en este mundo, di por terminado el acto exclamando : Rodríguez, mi hermano …. Soy yo tu pata del alma!…

Rodríguez en estado semicataléptico giró y me miró como si yo no existiera, de pronto, como si volviera a la vida dejó caer los brazos sobre mis hombros comprimiendo mis costillas como amortiguadores. La mirada se le iluminó dándome la sensación que también me había reconocido. Entre convulsiones de risa nerviosa me abrazo efusivamente, me miraba y volvía a abrazarme repetidas veces hasta que le sobrevino un hipo que no tenia cuando terminar.

Bueno, ustedes pueden imaginar como es el encuentro entre dos amigos que habían dejado de verse tantos años. Lo cierto es que nunca me atreví a preguntarle a Rodríguez con quien me confundió aquel día …. Yo preferí dejarlo así…


Enrique Vigil Zúñiga, peruano, chalaco, hijo de don Eleuterio Vigil Peláez y de doña Estilita Zúñiga Lazo, nació el 14 de Noviembre de 1937 en la Calle de Moctezuma No. 254. Las cuadras 5 y 8 de los Jirones de Ayacucho y Venezuela fueron testigos de las travesuras de su niñez. Es miembro de la Promoción del año 1955 del Colegio América - High School donde cursó sus estudios primarios y secundarios. Se dedicó a la actividad portuaria en el Terminal Marítimo del Callao donde tuvo destacada actuación. Fue becado en dos oportunidades por los gobiernos de Francia y Gran Bretaña para seguir cursos de especialización portuaria. Actualmente se dedica a la actividad empresarial y gerencia su propia empresa dedicada al alquiler de montacargas y distribución física. Está casado con doña María Taboada del Corral y tiene cuatro hijos.

Nota: Prohibida la reproducción sin el consentimiento del autor

El Polvo de la Paz por Enrique Vigil Zúñiga

El descanso dominical estaba llegando a su final y mis sueños como ángeles de las bolas de oro, habían pasado la noche deliberando la posibilidad de un sobre tiempo reparador, pijama incluido. Pero como todo no resulta como uno desea, el sol, más madrugador que nunca, tocaba mis ventanas anunciándome que muy pronto debía ponerme a órdenes de mis cotidianas actividades.

Así, mientras la hora capital se acercaba a la meta, los improperios que intercambiaban el chofer de un camión con el de una combi me despertaron de súbito, parecía como en otras tantas ocasiones, que los dos hombres sostenían tener derecho al pase en preferencia por la media pista existente, pero ninguno declinaba en sus posiciones a pesar de las amenazas que se proferían. Me recliné ligeramente y pensé: éste es un asunto de todos los días, no me explico porqué la gente le gusta amargarse tan temprano... y eso que de un tiempo a esta parte no se habla de otra cosa que de la paz, la amistad y el amor; debería ser otra la conducta de las personas, sin embargo, éstos en un asunto tan sencillo no se ponen de acuerdo... ... ¡que tal jeringa!

Pero mientras todas estas ideas transitaban por mi cerebro, aún en trance de despertarse, el grueso calibre de los agravios de los beligerantes que hacían estremecer hasta las raíces de los viejos troncos de sus respectivos árboles familiares, me ubicaron nuevamente en la onda y murmuré: ¡Caramba!, otros jamás llegaron a terminar ni siquiera los 3 minutos del primer round, pero éstos, parece que ya van por el tercer o cuarto asalto y, sino me equivoco, tienen toda la intención de llegar a las doce campanadas. Rápidamente me puse de pié y acercándome a la ventana, que por su ubicación en relación a la pista de los acontecimientos se ha convertido en una especie de silla de ring, traté de ubicar a los contrincantes a través de los empolvados vidrios... ... ... ¡maldición!, murmuré: cuándo será que la diosa fortuna premie a alguien de la familia y lo nombren alcalde del distrito, desde mañana elevaré mis plegarias vía Sarita Colonia que, según dicen, hace milagros como cancha, además, con un poco de suerte y, si de milagros se trata, hasta yo puedo salir agraciado... ¡que caray!. Porque los que ahora están en el Cabildo no parecen estar interesados en buscar solución a este problema disponiendo se pavimente la pista que falta, en tanto, el polvo que levantan los vehículos que transitan sobre el terral será motivo de nuestra permanente protesta... ... ¡Claro!... ..., como ellos no son de los que pasan sus días de descanso fregando lunas y pisos..., porque dentro de la casa el polvo es tan persistente que a nuestras amistades y visitas tenemos que decirles que forma parte de la decoración.

A veces me pregunto cuán cierto será aquel adagio que reza: "de polvo fuiste hecho y al polvo volverás"... En cuanto a lo primero, no tengo la menor intención de polemizar sobre este teologizante y no menos ruboroso tema, porque corre uno el riesgo que se entere la familia y luego los chicos se interesen por tomar antes de tiempo cátedras para las que ellos aún les falta madurar y años de experiencia antes de doctorarse. Respecto a lo segundo, yo no me explico porque morir para ir al polvo, si estamos todo el día viviendo envueltos en él, y, en la noche, tampoco deja de ser problema, según la discreta encuesta realizada entre las amas de casa del sector afectado, para beneplácito de los quejosos, todas respondieron estar atormentadas con el "asunto", con excepción de la viuda de Ramírez, que parece haber encontrado solución al caso no abriendo las... puertas de su casa. En este particular caso, respetamos esta firme decisión mientras dure la viuda o la... viudez.

Nuestros beligerantes personajes habían descendido de sus vehículos y acompañados de mortífera artillería verbal, que haría palidecer al más pintado exorcista, se encontraron frente a frente; por un instante, agradecí a Dios que mis pajarracos durmieran aún y no escucharan tan rebuscado léxico y refinada fraseología, porque desde que les compré el diccionario "Oficial", que en la modesta opinión de mi bolsillo es uno de los mejores, ellos andan con él bajo el sobaco tratando por todos los medios de demostrarme su obsolescencia. Me pregunto, qué mejor oportunidad hubieran tenido de no encontrar en el referido ejemplar los complicados términos expresados por los belicosos, dejando insatisfecha su natural curiosidad infantil, entonces, quedaría sin remedio reconocido el reclamo y tácticamente aceptada la bastante exigida adquisición de la Colección Quillet, con lo que, a su vez, postergaría un año más la renovación de mi "Ventiúnico plomizo de tres botones" que el próximo mes de Abril cumplirá sus seis tiernos pero leales años de vida.

Largas colas de vehículos se habían formado ya en ambos lados, y también sus choferes con algunos molestos pasajeros habían descendido y se arremolinaban alrededor de nuestros personajes centrales. Unos, los más pacifistas, trataban de calmar los ánimos, otros, expresaban su inclinación hacia uno u otro lado, entablando entre ellos nuevas polémicas tan airadas algunas que daban marco a la escena principal. Al ver este cuadro, me sentí transportado en silla de ring al famoso Madison Square, expectando una pelea de box confundido entre locutores, comentaristas, entrenadores, promotores, apostadores, gángsters y guardaespaldas, es decir, todos los ingredientes indispensables en nuestros días para hacer importante un encuentro.

El ulular de la sirena de un patrullero me trajo rápidamente a la realidad y tanto los contrincantes, que ya estaban a punto de clinch, como los demás personajes de nuestra historia, quedaron estupefactos y paralizados por unos segundos, tiempo suficiente para que el patrullero, cuyo piloto, a mi modesto entender, debió haberse brevetado en Indianápolis, sorteando montículos, eludiendo obstáculos y dando brincos, pasara raudo en dirección al Hospital Carrión. A pesar de la vertiginosa acción, pude observar que el vehículo conducía a una mujer de cara compungida y abultado vientre, que iba siendo solícitamente atendida por un guardia civil más pálido y asustado que marido infiel sorprendido por su suegra. Cual singular artista, la mujer había iniciado gozosa hacía poco más o menos nueve meses su obra máxima que, el día de hoy, indefectible e impostergablemente, presentaría con orgullo a la sociedad en alguna sala... de la maternidad. El patrullero en su vertiginoso y accidentado paso levantó tal cantidad de polvo que, por un momento, fue difícil poder identificar quiénes eran unos ú otros y tanto griegos como troyanos, levantaron sus puños en actitud enfurecida y dirigieron sus imprecaciones contra el causante de tan irrespirable ambiente. Movidos como por un resorte, todos regresaron velozmente a sus vehículos y sin poder determinar quién fue el que al final cedió, se fueron retirando con los rostros enmuecados por la rabia y escupiendo el polvo que habían tragado. Finalmente, quedé solo, como mudo testigo de lo acontecido, volví a acostarme y antes de conciliar nuevamente el sueño murmuré: ¡qué milagroso es el polvo!..........................


Nota: Prohibida la reproducción sin el consentimiento del autor

La Expedición. Autores: Puna Runa y Kukulí

Introducción

Alberto Muñoz es un chalaco que siempre ha tenido interés por la cultura siendo sus temas favoritos la arqueología y la historia. Estudió en el colegio Don Bosco y Economía en la Universidad Inca Garcilazo de la Vega. Trabajó en el Terminal Marítimo. Conoció a Yoli, muchacha de mucha cultura y aficionada al folklore. Juntos en encuentros de amistades tocan, ella el charango, él la zampoña. Ambos residen ahora en Miami. Yoli es Administradora de Empresas y trabaja en Kislak Bank en Miami. Yoli también tiene un Ministerio en la Primera Iglesia Bautista de Coral Park, trabajando con jóvenes. Alberto trabaja para el departamento de Operaciones en Barclays Bank; un banco inglés internacional con oficinas en Miami.

Marcahuasi, cerca a San Pedro de Casta en la provincia de Huarochirí, departamento de Lima, es un lugar misterioso. Se encuentran ahí, gigantescas piedras antropomorfas. Alberto y Yoli tuvieron la oportunidad de visitar este maravilloso lugar. La narración que sigue trata sobre la primera visita que hiciera Alberto a la meseta. A continuación la aventura de una expedición a Marcahuasi, narrada por Alberto (Puna Runa) y Yoli (Kukulí).


Hoy me encontraba charlando con Fabián Carrera, gran amigo chileno, compañero de trabajo, diestro en el arte de las respuestas ágiles y de ingenio, en una de esas horas de almuerzo entretenidas, sobre todo cuando tocamos historia, costumbres y temas comunes entre un peruano y un chileno; cuando vimos en el televisor el anuncio de una película llamada Rapa-nui. Cuando le hice mención de que en Perú tenemos algo parecido, el pensó que me refería a Tiahuanaco, en el Altiplano Boliviano-Peruano; pero le expliqué que siguiendo la cuenca del Río Rímac, hacia la Cordillera de los Andes, hay un lugar que se llama Marcahuasi, donde para muchos se encuentran los templos de piedra de una civilización antediluviana.

En ese momento retrocedí en el tiempo 20 años de mi vida, y empecé a recordar momentos hermosos vividos con los "patas" de Santa Marina Norte, en el Puerto del Callao, cuando un grupo de intrépidos muchachos, cuatro para ser exactos, decidimos ir a ese lugar, inspirados por la película "Encuentros Cercanos del Tercer Tipo", y por el chisme que allá un día se vieron OVNIS. Para ir, usamos un auto mini-Morris del año 64, cuyo dueño, el amiguito "Carlucho" Bernal, orgullosamente puso a nuestra disposición una mañana muy temprano cuando nos despedimos diciendo a nuestras madres: "nos vamos a Chosica y regresamos a la hora del almuerzo", sin sospechar lo duro que sería esa travesía, sobre todo cuando no se va preparado. El carrito de Carlucho corrió sobrado por los lugares planos, pero en las cuestas, sólo empujándolo llegó a los 3,600 mts. ¡Todo un record!, cómo para inscribirlo en el libro de GUINES. Casi muertos de hambre y frío, emprendimos el regreso sin haber podido subir la meseta, y aceptando el axioma: "gallinazo no canta en la Puna".

Olvidando este percance y ya en el Callao, los cuatro retornamos a nuestras actividades habituales del trabajo, la Universidad y esperando los fines de semana para coincidir todos los patas del barrio en "el tronco", restos de un arbol pintado con los colores patrios y resguardado con una cadena, para evitar que se usara como leña. El tronco soportaba las más acaloradas discusiones de existencialistas, filósofos, sociólogos y también arqueólogos, profesión innata que en Perú siquiera uno en la familia lo lleva en la sangre, al igual que en Suiza, al menos uno es relojero. Toda esta gama de intelectualidad daba rienda suelta al deseo de cambiar el mundo que les tocó vivir. Se discutía con ardiente vehemencia, acaloradamente, sin evitar ponerse como "leche hervida". Cada intervención era aplaudida incluso por algún vecino que participaba desde su balcón; otros sin embargo, nos gritaban furibundos: "¡Cállense ca......!

En fin, en una de esas exposiciones, habló Mingo Zavala, conocido en el barrio como "Zandrox" (tomado del conocido astrólogo), estudioso de los fenómenos sensoriales, tercera dimensión, etc.,etc., quien nos invitó a irnos de viaje por Semana Santa a Marcahuasi. Me opuse terminantemente pues aún me acordaba la desafortunada experiencia que tuvimos. El insistió y terminó por convencernos, cualidad notoria en él. Quedamos que al siguiente sábado nos encontraríamos, para últimos detalles, en el "Cordano", un famoso y singular restaurante que aún existe, detras del Palacio de Gobierno por la Estación de Desamparados, y donde se preparan los sandwiches más ricos y baratos de Lima. Este lugar fue punto de reunión de grandes hombres de nuestra patria, y hay quien dice que en muchas de sus mesas se gastaron grandes hechos de nuestra historia y tal vez algún golpe de estado. .

Al llegar allí sólo teníamos una preocupación: cómo conseguir suficiente dinero para los 11 que queríamos viajar. Al final sólo pudimos concretar en los viajes, comida y extra para 8, el resto no tenía ni para ir a Lima, pero insitían en ir prometiendo conseguir "alguito". Para celebrar nuestro futuro viaje decidimos ir a la peña folklórica Hatuchai, disfrutar de nuestra hermosa música y hacer amistades. Ya al regreso hacíamos los últimos detalles; el entusiasmo nos embargaba, los patas se sentían fakires; tres días sin comer bien, como si fueran a escalar al Everest. Yo, con alguna experiencia en montañismo les advertía que no sería un juego. En fin, el día miércoles nos reunimos a preparar un equipo de lo más sencillo comparado con las maravillas que se ven en U.S.A.; las viejas ollas de nuestras madres, compañeras de tantas aventuras culinarias dejarían por 3 días su lugar al igual que 2 cocinas primus, colchas para el frío y lo mejor que teníamos era una carpa prestada por una señora del barrio que pudo conseguirla de SINAMOS, entidad del Gobierno Militar donde ella trabajaba.

Por fin llegó el día de la partida. La madrugada del jueves Santo, sin que nadie supiera, sigilosamente, como las legiones romanas, salimos los 11 cruzando los blockes A-B, pensando y soñando que nuestro regreso sería triufante. El barrio entero dormía, menos el Chino Pepe, dueño de una bodega en Santa Marina, quien nos saludó y de pasada colaboró con nuestra despensa portátil. A propósito del Chino, luego que se fue del barrio no supimos mas de él. Atrás quedaron muy apenados Pepe "Marengo" Arce y el "Chino" Campuzano, quienes no llegaron a conseguir ni para el pasaje a Lima. Ya por el camino nos encontrábamos con trabajadores marítimos, mis compañeros de trabajo del Callao, quienes se dirigían a su diario trajín, al igual que lo hice durante 15 años, como Supervisor del trabajo marítimo.

Al llegar a la Plaza San Martín continuamos por el parque Universitario, observando a la gente provinciana durmiendo en cada metro cuadrado de la plaza. Ellos habían dejado ese mundo tan hermoso que nosotros visitaríamos, por vivir en la ciudad de los Virreyes, haciendo tan patético el amanecer en Lima. Tomamos un desayuno ligero en una de esas carretillas frente a la casona de la Universidad Mayor de San Marcos (la más antigua de América), pan con "hot dog" y un vaso de emoliente; poco a poco se fueron uniendo más mochileros, algunos planeaban ir al Sur otros al Norte, pero la mayoría al igual que nosotros a la carretera Central. Había un poco de frío en Lima, pero abril es una buena temporada para visitar la Sierra. Eran las 6:30 de la mañana, el ómnibus no tardaría en llegar, y en 45 minutos estaríamos llegando a Chosica. La gente estaba impaciente, se escuchaban las risas de Alberto " Jesucristo", Quinque Diplorio, su hermano Pedro quienes lanzaban piropos a cuanta chica veían; ellas les correspondían, y hacían amistad, al igual que el "Chemo" Meneses, Oswaldo "Cuetone", su hermano, el "Polaco" García Fortunic e incluso nuestro "Guia Espiritual" Mingo Zavala.

Ya en CHOSICA a 40 km. al este de Lima, comprendimos que no éramos los únicos viajeros a Marcahuasi; parecía que todo Lima se había volcado a este mismo objetivo, mochileros de toda condición social se mezclaban haciendo verbo unos con otros. Los que más sobresalían por su picardía y ocurrencia eran los muchachos del Callao. Todos esperabamos algún camión de carga como los que usualmente salen desde el mercado de Chosica; por fin el grito de "camión a la vista" por Alberto "Jesucristo" nos puso en alerta. Ya arriba empezó nuestra aventura, eramos casi 40, sin contar los pollos, un chancho, sacos de arroz y azucar, y uno que otro bulto no identificado. Ya en pleno camino tuvimos la iniciativa de hacer "verbo", cualidad muy de los chalacos ante la serieded de los limeños; llegamos a la conclusión que mientras más pitucos, más serios son.

En el grupo se encontraban alumnos de Bellas Artes y de la Facultad de Medicina de la Universidad Cayetano Heredia. Ya en un ambiente de amistad, ibamos dejando la cuenca del Río Rímac para entrar a la quebrada de Santa Eulalia. Mientras más subíamos, el paisaje se tornaba más bello y todo el verdor se extendía sobre los bien delineados campos de cultivo, dejando ver a nuestros ojos el orden y la paz de esos lugares invitandonos a vivir allá. De pronto la carretera asfaltada se terminó y se termino y nos dejó ver un camino polvoriento de una sola vía y con precipicios a los costados, que ahogó más de un grito en nuestras gargantas; me acordé del pobre mini-Morris del amiguito Carlucho. El camión continuaba su camino, hasta que de pronto, paró bruscamente, viniendo el cobrador y el chofer a pedirnos los pasajes por adelantado, para evitar el famoso "paga Dios, Señor". Al continuar nuestro viaje pudimos divisar el puente, uno de nuestros puntos de referencia, en la parte alta, el pueblo de San Pedro de Casta y mucho más arriba se podía apreciar nuestro destino: Marcahuasi.

San Pedro de Casta es un pequeño pueblo agrícola, que según decían era famoso por sus quesos; su gente nace, crece y muere, y nunca ocurre nada transcendental, salvo tener una rica tradición histórica y antropológica, según comentarios de los comuneros que viajaban en el camión con nosotros. Me causó una agradable impresión el pintoresco pueblo de calles estrechas, y casas hechas en su mayoría de adobe, con balcones antiguos, y una cruz, diferente una de la otra, sobre cada uno de sus techos. Como el tiempo apremiaba, iniciamos la tarea de buscar burros, ya que sin ellos era imposible subir todo el equipo, especialmente la inmensa carpa con capacidad para 20 personas. Los burros son llamados graciosamente "taxis", advirtiéndonos la gente de no alquilar el famoso burro "Bisco", que tiene la costrumbre de llevar a la gente a precipicio. Después de rentar cuatro, nos faltó uno para la carpa que era tan pesada; los burrerros se negaron, por la que uno del grupo, Alberto "Ajonjoli", se prestó a llevarla a cuestas y, gracias a su excelente estado físico, lo logró. Nos dijieron que en dos horas podríamos llegar a la meseta, debiendo ascender de 3,200 a 4,200 mts. sobre el nivel del mar.

Los primeros minutos de subida fueron horribles, la falta de aire y el peligro del Soroche hizo que mucha gente desistiera en su intento de subir, los demas subíamos parando cada tramo y buscando con ansiedad algún puquial para proveernos de agua, ya que a esa hora del mediodía hace un calor insoportable. Mientras el burrero nos acompañaba, conversábamos con él sobre su pueblo, el Distrito de Casta, comunidad a más de 3,200 mts. sobre el nivel del mar y con una población de 1,100 habitantes. Los primeros hombres de esta zona según la leyenda, fueron los Carahatos, quienes vivieron desnudos y en estado de barbarie hasta cuando se produjo un eclipse de Sol. Creyendo que era el fin del Mundo se mataron unos a los otros. Luego vino otra generacion llamada Huaris, hombres gigantes, inteligentes y menos salvajes; fundaron varias poblaciones. Y por ultimo, los Varayoq, que vivieron antes de los Incas, hacían trabajar a palos a su gente.

La fundación del pueblo se remonta a 1571 aproximadamente, cuando por real ordenanza del Virrey Francisco de Toledo se empezó a realizar la reducción de varias antiguas poblaciones en una sola, a la cual se denominó San Pedro de Casta, donde la comunidad la forman agrupaciones de familias que poseen un determinado territorio y se identifican por rasgos sociales y culturales comunes. Este concepto es conocido como el Ayllu. La actividad principal es la agricultura y se distingue la cosecha de frutas como paltas, melocotones, limas, y chirimoyas a 1,500 mts; así como también ocas, ollucos, maiz, habas, alverjas y diferentes variedades de papas a una altura de 2,500 y 3,000 mts. sobre el nivel del mar. Me di cuenta que aun usan la chaquitajlla, un arado de pie pre-hispánico, y también que el agua llega a los cultivos a través de canales; y justamente refiriéndonos al agua, el burrero nos hizo mención que cada año, el pueblo de Casta desde tiempos preincaicos, celebra la fiesta del agua que consiste en la limpieza de las acequias o canales durante 8 días, contando con la participación obligada de todos las mienbros de la comunidad, a lo que el "tombo" y Alex comentaron en tono jocoso: "Si se pudiera limpiar así las calles de Lima".

Los mayordomos son los encargados de dirigir las tareas de cada persona, al término de ésto hay carrera de caballos, representanto a cada comunidad; y por supuesto, la comida y bebida, para el pueblo y visitantes que quieran unirse a la celebración. Encontramos en la zona, algunos CACTUS llamados SAN PEDRO, que en la actualidad estan desapareciendo, debido a que muchos excursionistas lo usan como alucinógeno. Llegamos a un tramo de dos caminos; el comunero nos recomendó tomar el camino más largo, el cual también ellos usaban, pero nosotros, como buenos criollos, nos decidimos por el otro sin imaginarnos las cuestas pedregosas que había, y sin una gota de agua a los alrededores; más de uno se arrepintió de haber viajado, inclusive Mingo "Zandrox", nuestro guía. Las quejas y lamentos se escuchaban por doquier, mientras sólo unos continuábamos avanzando. El trayecto nos demandó seis horas, el triple de lo que nos dijeron los comuneros.

Por fin llegamos a la meseta. Buscamos ansiosamente la cabaña donde había vivido el Doctor Daniel Ruzzo, estudiando esta zona durante dos décadas; labor encomiable y comparable con la de María Reiche en las Pampas de Nazca. La cabaña ya estaba ocupada y nosotros completamente agotados encontramos un lugar donde armar nuestra carpa, no sin antes quedar admirados por la belleza del horizonte; el sol al ocultarse iba dejando una estela de colores, como aferrándose a continuar aún con vida, dando paso en contados minutos a un cielo resplandeciente; las estrellas que en Lima casi ni se ven, allí lucían tan grandes, casi accesible a nuestras manos y brillaban coquetamente insinuándonos a seguir mirando el cielo; de vez en cuando vimos cometas voladores o lo que llamamos también, estrellas fugaces. El amiguito " Zandrox" estaba en su salsa explicándonos sus cartas astrales y sus meridianos zodiacales pero solamente le escucharon unos cuantos, el resto ya estaba roncando. Para mis adentros yo pensaba con lástima como los conquistadores españoles decidieron instalarse y situar la capital en el Valle del Rímac, cerca del mar, en vez de haberlo hecho en estos lugares; su ambición por la busqueda de oro los hizo mirar siempre hacia la tierra y nunca levantaron sus ojos al cielo.

El viento frío empezaba a azotar. Mingo "Zandrox", Alberto "Jesucristo", Anderson y el que escribe, fuimos los últimos en ingresar a la carpa, y por lo tanto en apagar la lámpara Petromax que colgaba en una de las esquinas de la carpa. Esa noche sufrimos los que tenemos el sueño ligero, ya que tuvimos que aguantar todo tipo de olores y ruidos gaseosos, producciones por la altura (4,000 mts. de altura sobre el nivel del mar). Amaneció, y a nosotros al despertar nos dolía todo, hasta el alma; nos hubieramos querido quedar acurruacados dentro de la carpa, pero tuvimos que salir a preparar el desayuno para aliviar con algo caliente el intenso frío de la mañana; hubo pan con atún, camote frío y "quaker" sin leche, a lo pobre. Oswaldo "Cuetone", tipo con mucho carácter y personalidad, era el encargado de supervisar los alimentos de manera que durasen en el tiempo previsto para los que habíamos contribuido para la despensa; los otros tres que fueron de mantequilla conocieron a unas chicas de otro grupo y los vimos comiendo mejor que nosotros.

Luego del desayuno, con más ánimo y fuerzas, nos dividimos en dos grupos, debiendo quedarse uno de ellos a cuidar la carpa y el equipo; nosotros emprendimos el recorrido por la meseta que tiene una plataforma de más o menos 2 km., rodeada de precipicios de casi 1,000 mts. de profundidad; aislada completamente del resto del mundo, como si la naturaleza la quisiera proteger de la mano depredadora del hombre. A la cabeza del grupo iba Mingo, haciendo alarde de sus conocimientos de esta zona, afirmando que eran restos de una civilización antediluviana donde el hombre aprovechó la disposición de las gigantescas piedras para darles formas, tallándolas; esta cultura fue llamada Masma por el Doctor Ruzzo, usando el mismo nombre que tiene una región que se encuentra en la zona central del Perú, habitada por los Huancas hasta la llegada de los españoles y que fue una de las más antiguas del mundo. Los patas nos miramos pensando que la altura había afectado a Mingo. A pocos metros pudimos divisar una gran cabeza esculpida en piedra con un nítido perfil, él nos explicaba que es el Monumento a la Humanidad, que a medida que girábamos se podían apreciar hasta 14 perfiles de todas las razas humanas según la teoría del Dr. Ruzzo. Los casteños la llaman Peca Gasha o "Cabeza del Callejón" en el idioma quechua.

También apreciamos boquiabiertos el altar de los sapos, el león africano, un camello y la cabeza del Inca; con la ayuda de mi cámara pude plasmar toda esta belleza, la cual guardo en slides, como un tesoro. También vimos una piedra en forma de reptil llamado Anphichelida (reptil de la era secundaria, de aproximadamente 7 mts. del largo), antecesora de la tortuga; poseía un caparazón cortado en 4 partes y se le tiene clasificado como Stegasaurio. Esta escultura de piedra tiene 25 mts. de largo y 4 mts. aproximadamente, de alto. Cuando empezamos el recorrido sólo eramos 6, pero se fueron sumando otros grupos que escuchaban con deleite la exposición de Mingo, él nos indicaba que debíamos colocarnos en los angulos precisos para poder apreciar las obras-formas perfectas; luego llegamos al templo de las Mayoralas, según Ruzzo, parecen mujeres danzando. Es un lugar de mucha acústica y más abajo pudimos apreciar un lugar lleno de lagos llamado Huacracocha, pero Mingo nos explicó que eran colcas o depósitos de agua; estaban casi llenos pero no ofrecían garantía para tomarlas, por eso los comuneros aprovechan para subir el agua, venderlo y hacer su "agosto".

El paisaje se veía esplendoroso a esa hora de la tarde y pude apreciar restos arqueológicos muy interesantes y en mi opinión Pre-Incaicos del siglo XIII y XIV; pudimos ver también restos de construcciones de dos pisos, con pequeñas puertas de ingreso, destruídos no por el paso del tiempo, sino por la mano depredadora del hombre que sube a estos lugares. El Inca Túpac Yupanqui conocía bien de estas gigantescas esculturas según testimonio de los cronistas de la conquista. Nos habían dicho que desde el punto más alto, llamado SANTA MARIA, se podía apreciar el rostro de Jesucristo y cuando llegamos, realmente nos pareció verlo también esculpido en otra gigantesca piedra. Muchos de los que se quejaron, en ese momento afirmaban que valió la pena tanto sacrificio, y todo cansancio se había esfumado de sus rostros.

Mingo estaba deseoso de llegar a un lugar donde según él, hubo influencia egipcia, representado por un hipopótamo hembra erguido sobre sus patas posteriores como la diosa Thueris (símbolo de la fecundidad), acompañada esta esfingie de dos hombres con una especie de escafranda, un perro y, según Ruzzo, también un cocodrilo. Todo lo que veíamos nos parecía insólito y parecía que nos encontrabamos en otro mundo y nos hacía pensar ¿que mano realizó esta obra monumental? ¿Fue la naturaleza?, o aquellos habitantes de los que habla el Doctor Ruzzo.

Maravillados regresamos a la carpa siendo las seis de la tarde después de haber caminado palmo toda la meseta durante 8 horas, allí encontramos a nuestro grupo dialogando con gente de otras carpas, intercambiando ideas, haciendo amistad, algo que no pasaría en la Ciudad. Pero este lugar transformaba a las personas haciéndonos olvidar las poses y los detalles, para solamente ver a una juventud deseosa de encontrarse a sí misma con sinceridad y sin egoísmos. Ya en la noche hubo un fiestón en el anfiteatro; claro que, con mesura y sanamente, ya que era Viernes Santo.

Al otro día, el sábado, le tocó al otro grupo que se fue con las chicas de la otra carpa vecina, nosotros por nuestra parte fuimos a los alrededores a visitar algunas Chullpas (restos de tumbas pre-incaicas) y después regresamos a desarmar la carpa pues el mismo día partiríamos de regreso hacia el pueblo de San Pedro de Casta. La bajada fue más suave y rápida, lo haciamos contentos, se escuchaban risas, los pepones del grupo piropeaban a las chicas y no perdían el tiempo, escribían sus teléfonos y direcciones en Lima. Después de dos horas caminando, llegamos a San Pedro de Casta con otra visión; el pueblo nos inspiraba respeto, admiración, y nuestro trato hacia su gente cambió completamente. Muchas cosas influyeron para esta actitud, supongo que el contacto con la naturaleza, el acceso elemental de supervivencia, sin radio, televisión que perturbara nuestra meditación, mucha comunicación sincera entre unos y otros depojándonos de sentimientos de valor. Lo cierto es que vajábamos renovados y con cierta melancolía de regresar al mundanal ruido, pero una parte de este lugar de encanto nos llevaríamos muy dentro de nosotros, convirtiéndonos de ahora en adelante en verdaderos Punarunas. Tomamos el camión de regreso muy de madrugada y volvimos a nuestro querido puerto con la esperanza de un próximo retorno, que logré años después con mi esposa.

"Bueno Fabián" le dije, "son las 12:55 p.m., se nos acabó el reposo, tenemos que regresar a nuestra labor, mañana es otro día y tocaremos algún otro tópico". Desde el piso 17 de Brickell miré hacia el sur y no pude evitar que un sentimiento de nostalgia invadiera todo mi ser.

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Rúpac por Alberto Muñoz

Después de cuatro años consecutivos en Miami, esperábamos unas vacaciones que por fin llegaron; quince días en el Perú aceptando la invitación de Don Francisco Pizarro cuando dijo:" Si vais al Perú, sereis ricos". "Nosotros sabemos de toda esa riqueza: La familia, los patas del barrio, un buen cebiche en el mercado del Callao, y cerrando con broche de oro, visitar algun lugar al interior del país.

Llegamos a Lima a finales de mayo, casi en pleno otoño y con la famosa garúa de junio; después de unos días recorriendo Lima y Callao, visitando a la gente e intercambiando ideas, vi a un pueblo optimista y deseoso de salir adelante. Hacía tanto tiempo que no percibía esta esperanza o quizás me fue indiferente ya que crecí de crisis en crisis. Recordaba mis clases de Economía en la universidad, como la variable psicológica cumple la función de confianza, que es el principio para acelerar el crecimiento y después se producira el desarrollo económico que tanto ansiamos para nuestra patria.

Fui a buscar mi equipo de montaña que encontré tal como lo dejé, allí estaba esperando por mí, listo para ser usado; me encontraba fuera de forma pero eso no restó las ansias de visitar nuevamente la cuenca del río Chancay. Es así cómo llegó el día de la partida hacia el norte; la ciudad de Huaral. En Lima dejé a mi esposa, mi siempre compañera de aventura, quien lamentaba tener que regresar a Miami a reintegrarse a sus labores.

Mi amigo Javier decidió unirse a la aventura y así empezamos la travesía que sería 150 Km. Hacia el Noroeste de Lima, pasando por Ancón, Pasamayo, Chancay y Huaral como primera etapa. Partimos de la Plaza de Acho, en el Rímac, siendo las ocho de la mañana; llegamos una hora después a Huaral, no sin antes contemplar en el trayecto las pocas tierras de cultivo que aún hay. La neblina nos acompañó y, aún árida, la Costa me parecía hermosa. Saliendo de Lima el clima cambió, cumpliéndose el dicho que , saliendo de Lima al sur o al Norte, siempre hay sol.

En Huaral teníamos que tomar un camión a Huascoy, siendo martes, y de acuerdo a mis apuntes que celosamente guardo desde hace muchos años, el camión apareció cumpliendo su habitual itinerario, haciéndonos respirar de alivio que no haya cambiado nada, pues así nos ahorró todo un día caminando cuesta arriba; hasta ahora los tres días planificados se cumplían perfectamente.

Viajar sobre un camión resulta incómodo, pero no deja de ser una experiencia hermosa y de aventura; pienso observando a toda la gente sentada sobre sus bultos, respirando la polvareda, ¿qué me ha impulsado tantas veces a hacer este viaje? Pues tan sólo un libro escrito por el Dr. Teodoro Casana, gran viajero y estudioso de esta zona; me hice su discípulo leyendo y caminando cada tramo de su libro: Restos Arqueológicos en la provincia de Canta.

Una grata sorpresa fue la carretera interandina que están construyendo y que algun día llegará hasta Huánuco pasando por Cerro de Pasco.

Continuamos nuestro viaje paralelamente a la vertiente del río Chancay cuyo verdadero nombre es Pasakmayu o sea "Río de la Luna"; éste es un valle algodonero y frutal; aquí se desarrollan y resuelven sus problemas socio-económicos los pobladores de Huando, famoso por sus naranjas sin pepas; luego le siguen otros pueblos como Hornillo, Cuyo, Quisque, Huayo, Anasmayo, Raure, San Miguel de Acos y así se continua hasta la cordillera de los Andes.

Todo esta zona tiene un gran pasado histórico, grandes culturas pre-incaicas poblaron estos lares y sus construcciones no tienen nada que envidiar a las incaicas. También hay que decir que toda esta zona es la gran despensa de Lima, en lo que a productos alimenticios se refiere.

Mientras más subíamos, el valle se hacía más angosto obligando al camino a estar más cerca del río . En Mataca, nuestro punto intermedio, nos desviamos a la derecha y luego cuesta arriba hasta "donde nacen los cóndores". Quien ha subido por estos caminos tan angostos de una sola vía y con el precipicio abajo, queda admirado de la pericia de los choferes. Pasamos por una zona arcillosa y llena de cactus a ambos lados de la cordillera y el olor inconfundible de los melocotones o blanquillos como también se les conoce, me abrió el apetito. La principal actividad económica de estos pueblos radica en la cosecha de esta deliciosa fruta.

Después de ocho horas de viaje por fin llegamos a la Florida, más arriba estaba Pampas, aún lejos de nuestro alcance. Inmediantamente indagamos por los dirigentes comunitarios. Todos estos pueblos son regidos por un orden ancestral desde antes de ser conquistados por lo Incas. El Ayllu era, y sigue siendo, el eslabón de continuidad en la historia y vida de estos pueblos. Los dirigentes eran hombre jóvenes, que no es común en estos pueblos andinos. Nos recibieron muy atentos y a ellos les obsequié una foto ampliada, tomada hace ocho años, de los principales de la comunidad; igualmente les presenté mis credenciales. Después de las presentaciones de rigor, nuestros cuerpos pedían a gritos un descanso y por eso nos apresuramos a buscar un lugar donde acampar.

Aquí, desde cualquier angulo, se puede contemplar la obra de Dios con sólo alzar nuestros ojos al firmamento.

A las seis de la mañana de nuesto segundo día, nos esperaban dos guías , Guilmer y el Chino. Los primeros diez minutos de ascenso fueron desastrosos, tanto así que quisimos "tirar la toalla", pero sacamos fuerzas y fuimos avanzando despacio hacia Pampas a 3,400 metros sobre el nivel del mar, donde nos esperaban acémilas para poder subir la cuesta , hacia Rupac. Nos contaban en el camino que doce alemanes habían intentado subir días antes sin conseguirlo; igualmente periodistas de "El Comercio" de Lima, llegaron sólo hasta el Marka Kulpi.

A las nueve de la mañana llegamos a Pampas, un pueblo muy bonito pero en completo abandono; posiblemente fue habitado por 20 a 250 familias quienes en un momento dado cambiaron su conducta de producir frutas a un menor nivel de altura, creando el pueblo de la Florida. La cosecha de papa, maiz y la gran cantidad de ganado que vi en pampas son cosas del pasado. Pampas nos recuerda a una semana santa , hace 12 años, que llegamos los "patas" del barrio de Santa Marina Norte del Callao; cansados, hambrientos, pero contentos de ver a tanta gente; resolvimos pedirles ayuda, dándonos con la sorpresa que en semana santa, como era costumbre, nadie hablaba y aquel que lo hiciera, iba a la carcel.

Empezó nuestro segundo ascenso por un camino de trocha, teniendo a nuestra derecha abismos insondables con paisajes inenarrables. Después de casi cinco horas de viaje encontramos los primeros vestigios de andenería; los caballos sufrieron el cansancio de la altura y sin mas remedio tuvimos que seguir nuestro camino sin la comodidad de antes. Las agudas espinas de los biscaínos hicieron leña de nuestras piernas, pero por fin pudimos divizar el Marka Kulpi.

El Marka Kulpi, sentado sobre una colina, deja observar cerca de una docena de construcciones que asemejan castillos feudales, cuyos parapetos se yerguen mirando hacia la cordillera.

Más o menos al mediodía pudimos contemplar al fin, la maravillosa ciudadela de Rúpac; sus edificios casi intactos cómo si el tiempo se hubiera detenido allí, a pesar de 1500 años transcurridos, debido a su ubicación geográfica, de dificil acceso, se mantiene bien conservada.

La recorrimos en su totalidad, plasmando su belleza en fotos y films. Contamos cerca de 60 edificios de hasta 3 pisos, cuyos detalles arquitectónicos me llamaron poderosamente la atención, como sus techos de piedra, sus dinteles sobresalientes y, sus calles y avenidas bien planificadas.

Al ingresar a uno de estos edificios, con cierto temor y agazapados con incomodidad, nos sorprendieron escalones subterráneos en donde las habitaciones se comunican unas con otras en perfecta distribución; sus techos abovedados y las paredes con adornos sumamente estéticos; pienso que quien haya vivido allí, lo hizo con gran comodidad, contando incluso con un sistema de ventilación que nada envidia al de nuestros tiempos.

Según el Dr. Casana, Rúpac podría ser una ciudad militar de primer orden o tal vez una metrópolis suntuosa; nosotros las vimos hermosas, esbeltas y altivas mirando el tiempo con desafío. Se tiene que estar en Rúpac,Chiprac o Anay para sentir el vértigo de la altura, que no es más de 4000 metros sobre el nivel del mar; pero nuestro espíritu aventurero se eleva más allá del cielo, para tocar el estrado de los pies del hacedor.

A las cinco de la tarde, empezó nuestro descenso, felices de haber cumplido nuestro reto una vez más.

Perú me espera con otra ruta el próximo año y esta será la caminata más larga de mi vida, uniendo a pie el Cuzco a Macchu Picchu, por donde en lejanos días transitaron nuestros antepasados, los Incas.

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Recopilando al Callao (Parte I) por Domingo Zavala Marttini

Al 20 de Agosto de 1968. De Mamalucha a Santa Marina.

Caminar desde casa de abuelita Mamalucha a Santa Marina nos tomaba veinte minutos; generalmente salíamos a las once de la noche después de ver la serie de televisión "Los Intocables" en casa de Tía Sydney, que era la primera en tener un televisor en el barrio de la quinta cuadra del jirón Colón. Las calles despobladas de delincuentes nos permitía ir jugando por las veredas de cada cuadra semi obscura de nuestra habitual ruta por jirón Cockrane, Cuzco, Atahualpa y República de Panamá hasta el Obelisco de los Coronginos en que correteando con mi madre detrás, cargando a Martín, el último de nosotros llegábamos al block "H" de la unidad, a esperar el día siguiente a repetir la misma jornada desde la mañana. Habían días en que nos la pasábamos en blanco, por no exagerar en la generosidad de la abuelita; pero la vecina del H-203 conciente de nuestra pobreza nos llevaba su ollita con caldo de gallina, hoy casi extinguida por los precios de la inflación y la ausencia de crianza moderna.

En esos días, que permanecíamos en el barrio de los nuevos pitucos del Callao, aprovechaba para escaparme de casa hacia la acequia que pasaba por el costado de nuestro edificio. Era una hermosa acequia, ancha a veces, profunda otras; era uno de los ramales de mayor tamaño del gran río Rímac, que inundaba casi toda la provincia con acequias de todos los anchos y angostos. Desde mi ventana que estaba en el segundo piso, divisaba algunos de estos ramales así como los pequeños bosques que iban quedando de la tala urbanística, todo a mi alrededor era verde.

En esos días la acequia contaba con mi visita para sacarle sus chololones siempre plomos y los vistosos arcoiris, todos pececillos de agua dulce que abundaban en todos los surcos regados por el agua limpia y transparente del río hablador. Lo demás eran angostas carreteras de tierra cota asentada. Tierra rojiza que en forma de bola la lanzábamos al bando enemigo cuando jugábamos a la Batalla de Taparica (alusión a la batalla de Arica y Tarapacá), y dolía si la lanzaban ya secas... lo cual hacíamos contra los Coronginos que fungían de malditos chilenos. Recuerdo a Corzo que era un serrano bien alto, grueso y duro como el acero, era el privilegiado de ese barrio pobre del frente, al jugar de nuestra parte y en oportunidades nos servía para treparlo y ver al enemigo. Por las tardes nos enseñaba a llegar a los corrales donde guardaban a los caballos para secuestrarlos y montándolos paseár por todos los pantanos a todo galope perseguidos por los peones de la hacienda que mas que furiosos llegaban a nosotros con la preocupación de lo que les haría el patrón... se los devolvíamos después de la travesura sin agredirnos mutuamente, no se si porque éramos blanquitos de la Santa Marina.

En la noche nos agrupábamos para ir a pampear; pobre las cholas que encontrábamos entre los matorrales, generalmente las manoseábamos porque se dejaban acariciar ya que nos creían niños adinerados y buenmozos, y solo se dejaban con sus favoritos... tan solo teníamos catorce años, ellas... ¡no importa! ¡Les gustaba!...pero su piel bien chocolatada olía mal.

El barrio de Colón se resumía a la quinta cuadra, muy reconocida como la más respetable por su gente aguerrida, y yo la pasaba peloteando en las pista entre los autos contra los del callejón del Perpetuo Socorro, los de la Mar Brava, o los Barracones en fin, contra el equipo que tuviera que apostar usualmente del dinero que proporcionaba el recolectar puerta por puerta papel periódico pasado y que se vendía en el mercado a los carniceros que lo usaban para despachar la venta. En aquellos días no teníamos ideas de barras bravas, así que un malentendido u ofensa se arreglaba en círculo para que nadie se meta; los contendores rodeados por la gente de ambos bandos dejaban se enfrenten para ver quien era el más machito... no el más achorado o maleado. La bronca significaba imponer respeto, no terror. Al terminar el vencedor le daba la mano al vencido.

Detrás de casa de Mamalucha estaba la inmensa pared de quincha del Gran Cine Avenida, donde los mejores estrenos del cine mexicano agolpaba a sus concurrentes en nuevos y finos trajes de elegante apariencia comprados en la tienda Le Bon Marche de la calle Miller. Apariencia del estilo chalaco, que los de Lima envidiaban. Podría jurar que los de mi casa jamás se perdieron una proyección de película de cualquier horario... pues se metían por el techo después de cruzar el tragaluz de casa que colindaba por la parte posterior del ecrán... arrastrándose por los inmensos durmientes lograban estar en inmejorable posición para poder ver frontalmente las imágenes y sobre todo leer los subtítulos cuando era de película americana. Esta incursión se repitió año tras año desde que mi madre Doña Myria y la inmensa señora Antonia Ludeña iniciaran estas arriesgadas palomilladas en el barrio. Las gruesas vigas de madera ya no solo soportaban el techo y la estructura del cine teatro sino a una veintena de sapos y curiosos que se ahorraron durante años su entrada hasta que... un triste día clausuraron las ventilaciones del techo. Y esto se dio porque una pieza de madera se cayó a la platea accidentando a uno de sus concurrentes en una de las funciones, lo cual permitió detectar que habían arriesgados visitantes trepados como gatos viendo película gratis...

Desde casa de Mamalucha se podía divisar la Mar Brava y parte del muelle La Dársena, por ello siempre escuchábamos el canto de las embarcaciones llegando a puerto que traían la última moda de Francia, Inglaterra o Italia. Acto seguido, mi abuelita me anunciaba que para el día domingo tendría "chacha" nuevo, y diciendo esto me vestía de limpio para ir de compras al jirón Miller que durante todo el año, sus calles se encontraban siempre, poblada de paseanderos y familias efectuando sus compras. Tan poblada en ese entonces que fácil se extraviaban niños... llorando, entre la gente. Mi Mamalucha cada cinco minutos le ordenaba a mi madre no me soltara. Yo de saquito escoces grueso de cuadros verdes y mis zapatitos de charol. Pero era más bonito que ir a pasear a Lima casi vacía y de pocas tiendas.

Don Elio Tubino siempre la esperaba con sus últimas telas, hilos y botones...para mí un chupete que el compraba en la tienda china Oriental. Lo recuerdo lejanamente, él muy cortés, amable, parsimonioso, de ademanes muy distinguidos; lo que no recuerdo si ese era su apellido o un apelativo por los hilos de marca Tubino. Mientras, mi madre adquiría lanas, crochet, palillos de tejer, con lo cual nos tejería chompas. Después de las compras nos llevaban a comer dulces chinos al mercado central, siendo mi favorito un camotillo polvoreado de azúcar rubia. Cuando estabamos cansados nos regresábamos en el tranvía que tomábamos en la Plaza Grau después de que nos metian a empellones a la iglesia Matriz para rezar ... un ratito decian ambas.

En esta iglesia se caso la hermana de mi madre, mi tia Sydney y mi padrino Manuel. Ambos en impecables trajes de novios recién llegados de París. El de Frac y ella de encanto. A su salida, finalizada la ceremonia, la iglesia les tocaba las campanadas del buen augurio y la felicidad, mientras que toneladas de arroz y pétalos de flores eran lanzados a su paso hacia el auto Ford modelo remise...creo que casi todo el Callao estaba metido en la misa, y muchos no pudieron ingresar...pero en esos tiempos un matrimonio era noticia de gran sonada al cual todo el Callao asistía. De esta iglesia recuerdo una procesión de la Virgen del Carmen saliendo bien de mañana y que asistir a su misa del alva me significó una levantada de cama de las seis de la mañana; misa en la cual todas las mujeres usaban riguroso velo sobre el cabello, guantes largos, chall de seda y la gran mayoría, de hábito marrón con crema...y mucho humo de incienso, mirra y otras yerbas santas. Tan apretada la asistencia al recinto santo, que en eso me le escape de la mano a la abuelita, terminando por quedarme sujeto al anda de la imagen de la cual se retiró ella después de dejar su ramo de rosas verdaderas. En ese entonces no existían las de plástico.

Justo en ese momento la levantaron quedando yo debajo de toda esa mole, que entre empujones se abrió paso hacia la salida...conmigo. A lo lejos escuchaba mi nombre desesperadamente...por ambos lados, entre los cantos de la saumadoras en su mayoría señoras negras. Justo en momentos que las andas se depositan en la pequeña placita de la Matriz, algunos devotos empezaron a cargar a los niños para ser pasados por la bendición de la Virgen; no me explico como fui a parar ante esta imagen que al verla tan de cerca grité de espanto... así fue como me recuperaron.

Llegado el domingo, toda la familia se alistaba después del tradicional almuerzo de tallarines rojos, para ir de paseo. Con trajes nuevos y bien almidonadas las prendas blancas, nos llevaban a caminar al Ovalo, todo Calle Lima como se le decía a la hoy avenida Saenz Peña; llegar al Real felipe, pasar al muelle La Dársena y regresar por jirón Miller. En el camino nos encontrábamos con toda la vecindad que hace un rato la habíamos visto en el barrio.

La gran diferencia en mi vestir la componía la exclusividad del diseño, pues mi abuelita fue modista de la más alta clase en el Callao. Prueba de ello eran las confecciones que le demandaban muchas damas de la sociedad chalaca y limeña a las cuales visitaba cuando tenía que sacarles las medidas. Justamente una de estas distinguidas damas se convirtió en mi madrina de bautizo y que era la hija del señor Pareja, reconocido joyero que tenía por encargo confeccionar las monedas para nuestra patria, algunas de las cuales aun conservo ya que llevan su firma: Pareja. A mi madrina Perla ya hace más de treinta años le perdí el rastro, pues su local que quedaba en jirón Ica, y que al lado quedaba un solar antiguo donde vivía, desaparecieron.

Cada vez que ibamos al mercado pasábamos por la Cruz Blanca donde después de orar mi madre, mi tía y Mamalucha echaban unos cuantos soles para los necesitados como si no lo fueramos, y seguir de largo hasta la rotonda de los chinos para tomar de desayuno pan con chicharrón, jugo de plátano con leche y retirarnos con la porción de yuca china de yapa a hacer el mercado...

Continuará…..

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

El Camino Incaico por Alberto Muñoz Tesson

El Callao tiene lugares de buena tertulia; en mi juventud escuchaba las conversaciones de un grupo de chalacos como el Señor Lombardi, “Moisesito” León, Augusto Tanaka, Carrasco, el señor Valle padre de mi amigo Rolando Valle y tantos chalacos que nos reuníamos después de terminar nuestra jornada de trabajo en el Puerto. Entre todos ellos el que más me impactaba era el Sr. Lombardi, un hombre muy culto aunque no recuerdo su nombre pero aprendí mucho de historia con él y fue en el café Italia, esto entre Sáenz Peña y Saloom donde escuche por primera vez sobre el camino Incaico. Este tipo de buen dialogar se practicó entre los patas del barrio y el “tronco”; fue el lugar preferido de los famosos coloquios en Santa Marina Norte esto al frente de la casa de mi amiga del alma Sonia Odria. ¡Cómo nos habrás requintado Sonia! Una de esas noches llegaron dos de los "europeos" (apelativo que dimos a un grupo de muchachos del barrio de Santa Marina Norte) famosos por su peculiar forma de ser. Algún día escribiré sobre ellos; venían del Cusco contentos de haber conocido esta ciudad y más aún de haber hecho el Camino Incaico. Eran los finales de los 1970s. Esa misma noche había habido una discusión entre “ Mariategui” y uno de los muchachos. Mariategui era muy bueno para el coloquio profundo de allí su apelativo (nunca supe su nombre) pero para tirar golpe naca la pirinaca. Algo extraño en un chalaco. Lo que sí fue corriendo a su casa y trajo a su perro conocido como “El Silencioso” uno de sus dos pastores alemanes, esos que muerden primero y después ladran.

Ya más tranquilos los dos viajeros nos contaron sus experiencias en el Cusco y que tan sólo con 48 soles de aquellos tiempos (épocas de depreciación monetaria) para un mes la habían pasado recontra bien (creo que lo mínimo diario en el Cusco eran como 60 soles) no pensaron en hacer el camino Incaico pero conocieron dos “teutonas” en buen chalaco: se les presento la virgencita y decidieron acompañarlas los 4 días por el camino incaico, eso si compraron una lata de atún para el viaje esto para no quedar mal con las chicas.

Quedé impactado con sus relatos algo así como las aventuras del Barón Münchausen................. al día siguiente le comenté a Yoly (en aquellos días éramos enamorados) "porque no hacemos el Camino Incaico algún día".

Yoly vino a estudiar a los Estados Unidos y en su estadía en este país aprovechó para comprar equipo de montaña, ya que habíamos acordado que nuestra luna de miel íbamos a hacer el Camino Incaico. Viajamos a los Estado Unidos casados para que ella continué con sus estudios pero siempre con las ganas de hacer este viaje de aventura...pasaron largos 20 años de casados y se nos vino en mente celebrar nuestro aniversario de... viajar a Francia le dije (maricondas mías) .... y así conocer a los Tesson aquellos parientes que según mis investigaciones como historiador y mandando emails a Francia son del norte de este país: Mon nom de famille est Tesson, mes ancêtres ont émigré au Perou. S’il vous plait, je voudrais savoir de quelle region de france je viens...

A los pocos días exclame: Sacre Blue!!! Un ilustre historiador Francés me respondió: Le nom de famille "Tesson" est originaire de Normandie, Nord de la France............Orne, Thuli.

Me dio como 45,448 Tesson pero uno de ellos me pareció más interesante y me arrimé más a éste que elevaba mi “yo” y decía: Gilbert de Tesson el Porta estandarte de Guillermo el Conquistador rey de la Normadia fue el que conquistó Inglaterra después de la batalla de Hasting y por la bravura de mi ancestro (mismo Carlucho Bernal cuando venían los coronguinos a hacernos la bronca al barrio)....recibió como premio el castillo de Anwick en el Norte de Inglaterra... ah chicha, castillo, titulo nobiliario etc. etc. De repente me dejó alguito..... pensé .....este castillo está cerca de donde está el antiguo equipo de fútbol del “Nol” Solano. Bueno Yoly que importa iremos también a Inglaterra (tarjetazo nomás). Por esos días escuchamos en un programa cultural de Radio Caracol 1160 en Miami “Cita con Enrique Córdova”, un colombiano que conoce la Historia del Peru mismo Basadre; tocaron Valicha ese huaynito cusqueño y nos recordó nuestros días de estudiantes universitarios especialmente en la famosas peñas folklóricas: Saycope y el Hatuchay en el Rimac. Le dije a Yoly: porque no nos vamos al Cusco y hacemos el famoso Camino Incaico según lo habíamos pesando para nuestra luna de miel. Aceptamos y cambiamos nuestras maletas por nuestro equipo de montaña. Empezamos hacer ejercicios por tres meses todos los días caminando por las chacras acá en Homestead al Sur de Miami porque sabíamos que iba a ser del caracho; de pasadita recogíamos un poco de mangos y paltas para aumentar el peso en las mochilas (Levítico19:9-10). Esto mejoró mucho mi físico. El camino Incaico está considerado con categoría de cansadito.

En Lima nos esperaba nuestro compañero de viaje Javier... en estos días está haciendo con un grupo de caminantes el viaje a Choquekirao. Tomamos el avión de Lima al Cusco, esto en el mes de Septiembre, en mi opinión es un buen mes para hacer viajes a la Sierra del Perú. ¡Qué lástima! Hubiese preferido hacerlo por carretera pero las casi dos semanas de vacaciones tenían que ser aprovechadas al máximo... a aquellas personas que quieren viajar al Cuzco les recomiendo hacerlo por carretera y conocer los paisajes tan hermosos de nuestra serranía uno de los mas bellos del mundo esto sin ningún “chauvinismo”. La mejor época para recorrerlo es durante la temporada seca o sea de abril a octubre. De noviembre a marzo es temporada de lluvias.

El aeropuerto del Cusco es pequeño. Lo que me llamó la atención es que llegando nos dieron un mate de coca, esto para el mal de altura mas conocido como “soroche”. Una Ilustre familia en el Cusco, Edmee Gonzáles, nos brindó hospedaje. Realmente quedamos encantados con todos ellos y muy agradecidos, muchas familias en el Cuzco están brindando sus hogares. Honestamente se siente el calor de hogar. El proceso de aclimatación en el Cusco es muy importante para aquellas personas que no están acostumbradas a la altura, la ciudad está a los 3600 metros (10,000 pies) sobre el nivel del mar. El primer día es recomendable conocer los alrededores de la ciudad, les aseguro que el tiempo se estanca en esta ciudad.

El Cusco (Qosco Llacta) fue la capital del imperio Incaico. Las crónicas originales refiere que su plano original observaba la forma de un puma y que su cabeza era Sacsahuaman y su ombligo era la Huaycapata, la Plaza de Armas en la actualidad, de donde salían los cuatro caminos. De allí el nombre de Imperio del Tawantisuyo, éste último viene de la fusión de dos palabras tawa =cuatro y suyo=caminos;.....los cuales iban del Cuzco hasta Pasto en Colombia y por el sur hasta Concepción en Chile. Por eso que le digo a una dama chilena que trabaja conmigo "señora la palabra wawa (bebe), guata (barriga) y yuyo (planta) eso tan rico que le ponemos al cebiche son de origen quechua. Ya no me habla mucho la señora, "no Albertito está usted equivocado…"

El primer punto en conocer la ciudad es la Plaza de Armas, la cual en sus orígenes tenía el doble de su tamaño actual. La ciudad fue descrita con asombro por el cronista Xerez en el siglo XVI; los españoles superpusieron construcciones levantando edificios e iglesias en parte con los escombros de edificios incaicos que hasta ahora se mantienen intactos y que dan un contraste a la ciudad mejorando aún más su encanto. Posiblemente el imperio del Tawantisuyo se forjó con las conquistas emprendidas por una tribu establecida en el Cusco a partir del siglo XIII DC.

La palabra Inca se aplica a la serie de emperadores (también sapa inca o gran rey) que forjaron el Tahuantisuyo. Las grandes conquistas del imperio empiezan a partir del inca Pachacutec y su sucesor Tupac Yupanqui (1438 -1493 DC). Sacsayhuaman se encuentra a dos kilómetros de la ciudad, desde este lugar la vista del Cusco es hermosa y panorámica; me impresionó mucho las murallas formadas de piedras grandes que encajan una con otra asombrando a los turistas. Su nombre quechua significa “halcón satisfecho”. Garcilazo de la Vega cuenta que Apu Rimachi fue el arquitecto principal y que Acahuanca Inca y Calla Cunchui siguieron con las obras. Pedro Cieza de León otro cronista de la conquista la llama casa real del Sol, lo que confirmaría que fue un templo dedicado al culto solar…..

Kenko esta como a 6 Km del Cusco, la carretera es muy buena; su nombre significa laberinto y esto por las galerías que se pueden ver en su interior. Da la impresión que fue un lugar de cultos secretos, el labrado de la roca es todo un arte pisos, techos mesas. Los Españoles pensaron que esto pudo haber sido un anfiteatro. En el área se observa un gran bloque de piedra de unos 6 metros y que pudo haber tenido la forma de un puma.

Tambomachay, se encuentra a 8 km del Cusco se le conoce como los Baños del Inca. Las piedras están finamente labradas, caídas de agua proveniente de los manantiales y fuentes termales cercanas (lo que se piensa que estuvo relacionado con el culto al agua).

Al segundo día decidimos conocer el valle Sagrado de los Incas... requisito prioritario antes de ir a Macchupichu, es como la entrada a un buen banquete.. La aventura empieza a las 6 de mañana en la plaza de Armas del Cusco. Es increíble la cantidad de turistas y microbuses. El servicio de primera "on time" y los precios, mejor. Subimos como 16 personas de diferentes países, ingleses (todos clientes de Baclays Bank), japoneses, peruanos y “grindios” (nosotros). Me llamó mucho la atención que el Cusco tiene una geografía de contrastes. Me hacía la pregunta ¿cómo se pudo alimentar a una población tan grande como la que había en esta ciudad? mientras avanzabamos, no le encontraba sentido a esto pero el valle sagrado era la respuesta a todo esto de una belleza impresionante. Los incas lo llamaron Yucay, uno de los más fecundos del país, se extiende a lo largo del río Vilcanota el más viejo y sabio de los ríos altitud es de 2800 mts lo que hace más agradable el clima.

En el valle existen una sucesión de pintorescos pueblos, andenería y zonas arqueológicas por mencionar algunos como Pisac, Calca, Yucay Urubamba, Ollantaytambo y Chincheros los cuales ofrecen hoteles y restaurantes al gusto de los más exigentes. El camino es agradable pero con muchas curvas. El valle está a unos 2800 mts sobre el nivel del mar. El primer punto de parada es el mirador de Taray donde realmente se divisa el valle. El paisaje es sorprendente para aquellos que son amantes de la fotografiá. Más adelante, el segundo punto es Pisac, un buen punto para probar resistencia para los que desean hacer el Camino Incaico. Pisac se encuentra a 32 Km al noroeste del Cusco, es un pueblo pintoresco con características mestizas y coloniales, con un importante centro arqueológico y con una gran cantidad de andenerías.

Después de visitar las ruinas uno va al pueblo con un mercado dominical que ha llegado a ser el favorito de los turistas y los días domingos después de la misa en quechua con la presencia de los Varayoc (autoridades locales). Camino al corazón del valle se llega a Calca pueblo rodeados de los cerros nevados Pitusiray y Sawasiray y hasta baños medicinales. En Urubamamba paramos a almorzar lo cual fue un buffet no tan caro lo que sí muy bueno.

Ollataytambo se encuentra sobre ambas márgenes del río Vilcanota a unos 76 Kms de la carretera asfaltada del Cusco. Como todos los pueblos del valle se levanta sobre la antigua ciudad inca. Fue un gigantesco conjunto agrícola administrativo social religioso y militar. Destacan los andenes. Por su ubicación estratégica Ollataytambo fue una construcción hecha para la defensa de los Antis.

Para llegar a Chincheros, último punto del recorrido, es necesario volver a Urubamba. Este pueblo se encuentra a 30 Km del Cusco. Uno de los principales atractivos de la zona es la feria dominical donde los campesinos vienen desde los pueblos trayendo consigo sus productos para comercializalos y cambiarlos por otros. Su organización social se basa en el Ayllu. Es una zona donde aún se conserva el trueque, una forma de comercio. Al igual que Ollataytambo está construida sobre una base incaica. Según estudios realizados, el conjunto urbano lo conforman una serie de edificaciones. Me llamó la atención ver diferentes niveles. Posee un rico patrimonio cultural. Llegamos al Cusco a las 9 de la noche y a descansar ya que el día siguiente nos esperaba el plato fuerte.

En este segundo día por la falta de tiempo me quedé con las ganas de estar cerca al confín de las planicies de Maras por donde alguna vez caminaron Mariano Quispe el que conversaba con los aukis, los Punarunas de Paucartambo y Saturnino Wilka ese hombre común pero que no era común y que su palabra se viene arrastrando desde el fondo de los tiempos personajes del Kuntur Wachana, aquella película peruana de los 70s.

Al tercer día salimos a las 6 de la mañana a la estación del tren en el Cusco para el viaje. Como a las 10 de la mañana llegamos a nuestro primer destino Q'oriwaynrachina, lugar conocido como el km 88. En este lugar lo primero que se hace es contratar a un portador, son las personas que nos ayudan a llevar parte del equipo y al mismo tiempo es una fuente de trabajo para ellos. Me cayo bien a primera vista un joven de unos 22 años, estaba con su esposa ella con una hermosa vestimenta de la zona hablaban en Quechua o Runa Simi. Ella atrás llevaba a su wawa. Todo educado me acerquó y le pregunté: Hayk'amanta apawah q'ipiyta Inka ñanninta? El me respondio: “Twenty soles every day”. ¡Hay caracho! dije ¡me la hizo! Nuestros compañeros de barrio fueron unos holandeses muy educaditos ellos.

Su esposa le había preparado su comida para estos días. Le dije: no se preocupe señora que la comida está incluída (¡qué sí comía el muchacho!). En el puente tienes que reportarte a la policía y a los empleados del INC, ellos son pura disciplina prusiana. Me dieron el precio por hacer el camino pero vi que otros jóvenes presentaban su carnet de estudiantes y yo presente el mío del MDC así que se me hizo un descuento por ser estudiante.

El inicio es sencillo. Cruzando el puente de Kusichanca vi unos burros; pensé inmediatamente en el burro “visco” ese el de Marcahuasi que llevaba a la gente cerca al precipicio, me puse contento porque desee alquilar uno para que Yoly pudiera ir en él pero estaba prohibido que acémilas transitaran por el camino. Se remonta una pequeña cuesta y de ahí todo es pampita por un buen tiempo; además, la vista es preciosa, pasamos por un lugar lleno de eucaliptos y al costado las ruinas de Llactapacta, con una gran cantidad de andenes (en la actualidad si los andenes del Valle sagrado estubieran produciendo calmarían el hambre en el sur de Perú ).

Mientras más subíamos, la vista era impresionante, la inmensidad de la cordillera del Urubamba y la imagen del nevado La Verónica (5860 metros de altura), antiguamente llamado Weqey Willka (lágrima sagrada). La subida es lenta pero agradable y esto por la cantidad de gente que hace el camino. Yo habría calculado unas 200 personas incluidas grupos organizados o sea que es una aventura al gusto del bolsillo. Tranquilamente el viaje se hace en cuatro días, el recorrido es de aproximadamente 34 kms. Nosotros lo hicimos en 4 dias pero esto está condicionado al estado físico del visitante. Continuamos por la quebrada de Cusichaca, el clima es caliente, más adelante había un pequeño caserío, descansamos y seguimos ascendiendo hasta nuestro primer campamento Wallabamba. Yoly nos preparó una deliciosa sopa de sobre. Eran como las 5 de la tarde, el panorama era magnífico, cerca de allí se puede llegar a Patawasi donde se pueden ver algunas construcciones incaicas. Totalmente agotados descansamos. Ya muy de madrugada empezamos nuestro segundo día, las primeras horas fueron duras y esto por lo malo del camino pero un poco más adelante vimos como empezaban a aparecer parte del Camino Incaico…me imaginaba que ya estábamos sobre los 3500 mts ya que se veía ichu (pasto de la montaña), vimos un lugar de campamento llamado llullupama, que se encuentra sobre una pequeña zona plana y es un buen lugar para descansar antes de subir hasta el segundo punto. El segundo día es el más difícil. La subida es tediosa, lenta y muy pronunciada pendiente nadie se apura todos vamos al mismo paso atrás nuestros amigos los holandeses . El cambio ecológico de una zona a otra se aprecia dejando atrás una quebrada fértil y ahora estando en una zona fría y con muy poca vegetación. Lo que sudaba para subir este tramo me producía escalofríos, no de miedo pero era mi ego eso de tesonero, que me decía "siga adelante".

Por fin tras varias horas llegamos a Warmihuañusca (donde la mujer muere) a unos 4200 metros, nos sentamos a tomar fuerzas para la bajada la cual consideré fácil. Desde este lugar se puede observar ya el Camino Incaico bien definido….(Fue descubierto por Hiram Birgham cuando realizaba los trabajos de limpieza entre 1913 y 1915). Lo que se conoce como el Camino Incaico es un pequeño tramo dentro de lo que fue la red de comunicaciones incas construidas en todo el territorio). Empezamos la bajada, tan pesada como la subida ya que los pasos de las escalinatas eran largos esto ¿para que se sienta menos el cansancio?

Entramos al Valle del Río Pacasmayo, un lugar muy ideal para acampar y pasar la noche. Nosotros decidimos seguir y cruzar el segundo punto alto todo este segundo día. Esto nos estaba tomando como 12 horas de caminata. Llegamos al segundo punto alto a unos 3800 mts (12,400 pies) donde se puede ver y visitar las ruinas de Runkuraqay. Esta estructura circular pudo haber sido un observador o un mirador. Dos bellas lagunas nos dan la bienvenida al paso de Runkuracay con un emocionante descenso entre abismos y quebradas, esto acompañado de un viento bastante fuerte. Muchas personas acampan en este lugar pero nosotros decidimos seguir. Mas adelante vimos las ruinas de Sayaqmarka, la cual es una imponente construcción muy bien conservada. Esta construcción esta compuesta por un laberinto de pasadizos estrechos y la única manera de llegar es por una empinada escalera de piedras al borde de la montaña. Empezó una pequeña lluvia y buscamos un lugar donde acampar. Cerca de allí un grupo numeroso de españoles. Toda la noche llovió y nuestras carpas resistieron la lluvia. En la mañana pudimos observar que era una zona de mucha vegetación llena de plantas exóticas; un buen desayuno para los 4 y seguimos adelante dejando atrás este enigmático lugar. El camino empezó a ascender y más adelante encontramos el primer túnel con algo así de más de 20 mts de largo y en declive. Más adelante las ruinas de Phuyupatamarka que significa “pueblo sobre las nubes” lo que si siempre estaba nublada. Vi unas plataformas algo así como pequeñas piscinas y se me informó que eran para baños rituales que servían para las ceremonias religiosas. El estado de conservación de esta zona está en perfecto estado. Después de descansar seguimos el camino. Se hacia en forma descendente hasta pasar por un segundo túnel, el camino se hace plano siguiendo el curso del río Urubamba hasta que llegamos a Wiñay Wayna “por siempre joven”, para muchos la ciudadela más atractiva antes de Machupichu. Este sistema de andenerías está construido sobre una empinada ladera, tiene 4 sectores principales, el sector urbano, el sector de las terrazas, el sector de las fuentes rituales y el sector de la torre. Buscamos un lugar donde acampar y no había. Era impresionante la cantidad de caminantes en estos días de septiembre. Por fin hayamos un lugar y estuvimos nuevamente con nuestros amigos los holandeses, en esta zona hay un hospedaje para visitantes que cuenta con varios servicios. Nos despedimos de nuestro guía ya que esta última etapa decidimos hacerla con nuestro equipo. Salimos muy de mañana para poder llegar al IntiPunku o Puerta del Sol desde donde se podía ver el amanecer. En la Ciudadela de Macchupichu el camino no es de tanta subidas lo que si el paisaje se torna bello con bastante vegetación y abajo el río el camino está bastante bien delineado en esta etapa hasta que vimos un puente levadizo de troncos. Pasamos este lugar y vimos unas escalinatas empinadas, tomamos aire y realmente aquí pagamos penitencia para llegar al Intipunku, ya en este lugar descansamos un poco para tomar fuerzas y seguir. Serían como las 6 de la mañana, mucha gente esperaba en este lugar que las nubes se alejaran y así poder contemplar la ciudadela nosotros seguimos por un camino ancho y con las lozas anchas y bien cómodas a nuestras pisadas observando una cantidad impresionante de orquídeas por toda esta zona, "por fin llegamos" me dijo Yoly. Tiramos nuestro equipo cerca a un lugar de muchas terrazas y pudimos contemplar la ciudadela completa. Era como un cuadro, el paisaje impresionante y es de las pocas cosas que ese hablan de este lugar por los 4 puntos cardinales la vista es impresionante se diría místico. No me cansé de observar todo el entorno natural de la ciudadela; tomamos un desayuno, error mío ya que me cayó muy mal todo el día. Dejamos el equipo en un sitio acondicionado para esto y a recorrer todo la zona arqueológica, sitio por sitio y escuchando a los guiás y las preguntas de las personas….

Como a las 3 de la tarde bajamos en unos buses hasta Aguas Caliente donde esperábamos el tren de retorno al Cusco. Muchos rostros me eran conocidos de los 4 días. Empezamos a conversar y ver nuestros puntos de vista. Muchos de ellos eran viajeros de mucha experiencia: La ruta de la seda, El Camino de Santiago, El Rif en Marruecos, etc. Antes de tomar el tren vi a nuestros compañeros de viaje los holandeses, me acerqué a ellos y me despedí. Tan sólo les dije: muchas gracias por haber venido a mi patria de vacaciones y ellos comprendieron esto. Miré a mi esposa y dentro de mí dije "ya encontraré un pretexto para no ir a Francia este año y así poder visitar las ruinas de Choquekirao en Apurimac".

“Un hombre que ha viajado deja de ser el mismo”

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

La Negra Belén por Domingo Zavala Marttini

Muchos pensamos mientras recorremos la existencia personal, como será nuestro entierro, del cual jamás nos enteraremos, salvo los ultra-perceptivos creyentes de la vida después de la vida. Otros vivimos pensando que nos atrasamos o adelantamos en nacer y debimos estar en épocas de mucha notoriedad y ser testigos presenciales.

Es mi caso, creo, pues durante mi vida siempre tuve estos dos pensamientos muy marcados y sin darme cuenta, fui testigo presencial de momentos históricos sin proponérmelo, aunque me falta comprobar las primeras líneas con que empiezo esta parte de la historia chalaca.

Conocí a Gloria Ballumbrosio Lobatón una mañana de vientos fuertes después de luna naranja, me dejó a sus mellizas de ébano para que las retratara. Con ellas quedó encargada la tía Angelita Lobatón, amiga carnal de mi madre Myria Marttini, cual uña y mugre desde la infancia no conocen motivo de separación ni de anticuerpos que las divida. Gloria, de blanca sonrisa y ojos saltones me hacía recordar a Nieves, otra amiga de mi madre, con la gran diferencia de ser de ámbitos sociales muy extremos. Nieves era culta y refinada negra de cabellos crespos, Gloria era pasita de cabellera y arrebatada para resolver sus desacuerdos.

Bueno, esta narración no pretende ser extensa ya que se resume a los últimos momentos de “La Negra Belén” como se le conocía, en momentos de su sepelio, para dar razón a los primeros párrafos.

Belén, la llame siempre así creyendo su nombre, murió de bronco pulmonía. Para sorpresa muchos barrios se la pelearon para velarla, al final se decidió llevarla a Corongo y feliz reposorio fue la casa de Eusebio, afamado cocinero y peluquero retirado actualmente de los maquillajes y arreglos femeninos a favor de su actual responsabilidad que es la de criar a sus sobrinos. Allí llegó Belén, con una muchedumbre que pugnaba por cargar sus restos, felizmente antes que desarmen el elegante cajón fue puesta en cripta ardiente de primera clase gracias a la voluntad colectiva antes que la manden a la fosa común.

La formalidad y el rigor que pide estos momentos siempre atrae a personajes místicos y cucufatas, acercándose el atardecer un grupo de damas muy mayores inició una ronda de aves marías y rezos del rosario interminable que el respetable asistente secundo en coro entre miradas de reojo. Los trajes eran de los más pintorescos y la mayoría de los participantes eran amigos y para mi sorpresa también muchos de aquellos que le tenían un extraordinario aprecio por los favores recibidos de la difunta. Belén en vida jamás abandonó a un necesitado de favor a pesar de la extrema pobreza en que ella vivía, resolvía los problemas de los amigos tocando puertas hasta lograr la solución, o conseguía el dinero para comprar las medicinas o sino organizaba las clásicas polladas pro-fondos o rifas a granel y ¡ay! del que no apoyaba.

Las tías ya tenían satisfecho una ronda de rezos de rosario y tomaban aire para iniciar una nueva, cuando las miradas de los invitados se agudizaron, en medio del profundo silencio surgió un tremendo vozarrón que cruzó el aire de un extremo a otro de la casa que despertó a la realidad a todos que adormecidos por el sopor místico ya incomodo, que pugnaban por buscar una salida fresca con cualquier toque. Era Eusebio diciendo – “… hey un momentito, parenla allí, que la difunta en vida jamás congenio con curas ni religiosidad alguna… además ella deseaba que su entierro fuera una jarana… saquen las chelas carajo…”- Y no se de donde pero se inició un jolgorio de rompe y raja con música de todos los estilos criollos y modernos, se destaparon tal cantidad de cervezas que la compañía cervecera debe haber quedado feliz por el consumo de esa sola noche. Los asistentes entre vaso y jarra le tiraban con fuerza al ataúd su brindis eterno, bañándolo de trago entre lágrimas y cantos nada conservadores ya hasta el amanecer. Promediando las diez de la mañana la levantaron a Belén en vilo con cajón y todo para en procesión, sí en procesión, llevarla hacia los barrios que frecuentó en vida y que se pugnaron por velarla. La procesión del Señor de los Milagros quedó chica en multitud.

Chacaritas, Puerto Nuevo, el Barrio Obrero, el jirón Ica, Monteczuma, Puno, Loreto, Apurímac, en fin la lista pertenece a todo el Callao en resumen, cada barrio la esperaba con bandeloras, música, alfombras de flores y arreglos florales y muchísima gente que deseaba tocar el cajón de la negrita perlada como deseando un milagro. A pesar que en vida fue de mal genio y una jodida juergueraza.

En todo el trayecto los equipos de música al hombro no se acallaron ni un instante, la gente cargaba en dupla los cajones de cerveza, tomaba, bailaba y le arrojaban su vaso al ataúd con su salve “…Salud Negra”, “... Por ti mi negra”, “…Salud Belén conchetumadre, porque te has ido… hip”. Tambaleándose el cajón llevado por mujeres totalmente embriagadas con botella en mano, danzaban para atrás para adelante, cual coreografía finamente ensayada, todos saltaban, bailaban, gritaban, y el cajón… bailaba también, lo subían sobre los hombros hasta tocar el cielo en la puntita de los dedos y lo bajaban rítmicamente hasta casi estrellarse contra el piso entre la algarabía de todos que felices la acompañaron. La Glorita fue enterrada como deseó en vida, con todos los honores, en olor de multitud, para envidia de los seres importantes del poder político.

Y así, llegó a su destino final en el cementerio donde yace en el pabellón de ….. nicho….en fin, averiguaré después, aún no creo pedirle un milagro, pero un domingo de julio del 2003 se fue.

Por ello, no debo quejarme de ser testigo presencial de aquellos momentos históricos que son olvidados por los historiadores formales... y es parte de nuestra memoria olvidada.

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Ese Día por Alberto Arce

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén, respondimos todos y estábamos listos para la clase. Bueno, vamos a empezar la práctica del dictado. Primero escribiremos la fecha. ¿Quién sabe en qué día de la semana estamos hoy? Sanguinetti se apresuró a responder 24. Sí, Sanguinetti, hoy es 24. Pero he preguntado por el día de la semana: lunes, martes… ¿Qué día es hoy? Viernes, respondió Quispe. Eso es, Quispe, viernes. Entonces escribamos. Viernes, 24 de mayo. ¿Y de qué año? Fue ahí cuando tú, Beto, te apresuraste a responder 1940, señorita. ¡Sabías bien el año, Beto! Sí, porque en casa del abuelo lo comentó la noche en que despedíamos el año 39. Estábamos reunidos en el patio de entrada, cantando Chío, chío, chío. Chío, chío, chó. Canta, canta, pajarillo que tu cantar me alegra el corazón. En un momento dado el piano dejó de tocar. Interrumpimos la canción y oí la voz del abuelo Gregorio. Son las doce. ¡Feliz Año Nuevo! Los chicos gritamos y saltamos, mientras los mayores se daban el abrazo del año nuevo. Feliz año nuevo, feliz año nuevo. Estábamos contentos y con deseos de fiesta. Papá estaba a mi lado, se le acercó el abuelo y le escuché decir en voz baja: Alberto, mal año este de 1940. Empieza con una guerra europea, nada más terminar la de España. Una guerra tras otra, Dios nos ampare.

Después de estas palabras del abuelo, yo recordé cuando papá unos meses antes había llegado a casa y apenas entró dijo a mamá: Malas noticias. ¡Empezó la guerra mundial! Esto me lleva a pensar que Europa siempre está en guerra. ¿Por qué se alarman papá y el abuelo si nosotros vivimos en el Callao, en el Perú, tan lejos de Europa? Después de escribir 24 de mayo de 1940, le pasaste el papel secante por encima y ya estabas preparado para el dictado. ¿Qué ocurrió entonces, Beto? No te lo imaginabas. Ni tú ni nadie, Beto. No cabía en ningún cerebro lo que estaba por ocurrir. Lo primero que sentiste cuando despertaste aquella mañana fue un leve movimiento, pero después una sacudida te hizo abrir bien los ojos. De inmediato te diste cuenta de que algo serio ocurría, aunque te pareció que todo estaba en orden allí dentro de ese compartimiento del submarino R1.

Pero cuando el comandante Mariátegui dijo muy alterado ¡ataque a estribor! diste un salto y notaste que sus bigotes se movían con intensidad mientras hablaba. Después, un estrépito en las aguas hizo que el submarino se bamboleara peor que una coctelera. Sin duda alguna se trataba del ataque de un navío poderoso, tal vez un crucero o quién sabe un acorazado. El peligro tenía que ser grande. No podemos sumergirnos porque no tenemos fondo, le escuchaste decir a los bigotes de Mariátegui y casi a ciegas buscabas el flotador para ponértelo. El instinto de supervivencia te llevaba a actuar con mucha prisa buscando la manera de escapar al ataque. Ya puesto en pie, estiraste los brazos con desesperación y desde ese momento fue la inconfundible voz de tu mamá la que te hizo reaccionar. Vamos Beto, despiértate. Levántate que hay que comprar pan. Despiértate, hijo. Como por encanto desapareció el submarino y apareció nuestra casa. Allí estaba mamá y se trataba de un día cualquiera. El tono de su voz me lo demostraba. No había ataque de ningún acorazado, ni cualquier novedad aparte de que fuera viernes, un día cualquiera. ¿Te parecía un día cualquiera, Beto? Sí, estábamos en mayo sin nada importante a la vista. En cambio, el primero de abril sí lo fue porque inicié mis estudios de primaria y todo cambiaba en poco tiempo.

Tenía nueva vivienda y nuevo colegio. Muchos cambios, para los que me había ayudado mamá. Y hoy de mañana ahí la tengo, apenas he abierto los ojos y sus zapatos claros, estrechos, apropiados para sus pies finos me dicen que ya está a mi lado alentándome para que deje el sueño, baje a tierra y empiece la vida de este día, es decir comprar pan, desayunar e ir al colegio. Todo eso lo comprendía y aceptaba, pero aferrándome al recuerdo del submarino intenté protestar. Caray, mamá, tengo sueño. Vamos, Beto, despiértate. Sujétate a mi brazo. Bien ya tienes los dos pies en el suelo. Eso es, levántate. ¡Ya está! ¿Ves qué fácil? Tus ojos se cerraban y tenías que quitarte las legañas antes de dar el primer paso. Pero Lidia, tu mamá, te invitaba a caminar e ir al baño. Tenías que dejar la cama y las sábanas y esos sueños de los que hasta el momento no te habías desprendido, ni querías hacerlo. Había que defenderse del ataque por estribor, eludir al acorazado y salvar al submarino R1. Apretabas el puño para sostener las sábanas y las frazadas, intentando retener las últimas imágenes que se desvanecían en el gris vaporoso de esa mañana de un día cualquiera. Volví a sentir la tibieza de sus brazos, el aliento de su voz. Me incorporé y pasé las manos por los ojos para restregarlos. Limpié la visión y desaparecieron aquellos paisajes con el mar al fondo. Se perdieron esas lomas cubiertas de vegetación, se esfumaron los oleajes que levantaban espumas y se fueron haciendo concretos y claros los espacios de la habitación. Mamá, con su vestido de azul muy claro que le cubría las rodillas. El pelo recién cortado ratificaba su natural optimismo en estas horas del día que comienza. La ventana que iluminaba un sol todavía tímido, que no se animaba a aparecer del todo, dejaba pasar ese aroma inconfundible a sal y a humedad, en definitiva a mar, que me acompañaba en los despertares. Era la cercanía del gigantesco Pacífico, a medio kilómetro de casa, que parecía rodear a nuestro barrio. ¿Rodear? No, más bien envolver.

El mar me envolvía y también a la casa y al Callao entero. Pero en esos momentos sentir el agua fresca que llevaba a la cara para lavarla era como una caricia que me daba los buenos días. Ya estoy listo, mamá. Sí, te habías vestido correctamente con los pantalones bombachos y hasta con los zapatos negros, limpios y brillantes, al estilo marinero como te había enseñado tu padre, que en estos momentos está en el navío Almirante Guisse. Pero seguías pensando cómo podían hacer los submarinos para defenderse de los acorazados, los cruceros y los destructores. Cómo el R1 podía eludir a un navío de guerra similar al Guisse, por ejemplo. Pero, Beto ¿ya fuiste por pan y tamales? Allí estaba Lidia enérgica y decidida. No, mamá, ya voy. Y entonces, Beto, saliste por la puerta, bajaste la escalera pasando junto al consultorio todavía no abierto del dentista.

Afuera, a pesar de lo avanzado del otoño, te aguardaba una mañana soleada y con temperatura agradable. En la calle se respiraba ese aire húmedo por la cercanía del mar y te mezclaste con los que iban a comprar al Mercado Central que estaba ahí no más, al frente. Era sólo cruzar la pista de la espaciosa avenida Sáenz Peña y ya estabas en el Mercado Central, edificio de dos plantas que ocupaba toda la manzana. La planta baja, dedicada por entero al mercado y la planta alta un inmenso comedor para escolares, el Refectorio Municipal del Callao. Los cuatro lados del mercado eran una continuidad de tiendas abiertas a las calles y con toldos desplegados. El acceso a su interior se hacía por entradas en el centro de las cuatro calles, además también por las cuatro esquinas. Miraste la torre central del edificio. Te imponía allá arriba esa estructura en forma de cubo como un lugar de referencia y por lo señorial de su arquitectura terminada en la parte superior por una especie de cúpula que te recordaba los edificios de La Colmena o de la plaza del 2 de Mayo en Lima. Esperaste que pasara el tranvía, cruzaste la avenida para dar una mirada a los productos que se vendían. Esquivaste a una mujer con guardapolvo blanco frente a un carrito acondicionado para vender jugos de fruta.

Pero, un momento… ¡Atención! Bueno, bueno, parece que aquí sucede algo. ¡Atención, R1, atención! Hay amenaza de ataque combinado. Tres muchachos de mi edad salían a mi encuentro y me cerraban el paso. De improviso, sin que pudiera evitarlo, me rodeaban con actitud agresiva. Para mi suerte desde el cielo bajó de improviso una pareja de pelícanos, de esas grandes aves que llevan una bolsa debajo del pico. Era la primera vez que veía ese tipo de pajarracos y creo que los otros tres tampoco los habían visto en su vida. Quedaron tan paralizados por la sorpresa que se achicaron y yo de inmediato me las piqué, me largué. Me metí en el mercado y me escabullí. Entre tanta gente no me encontrarían. Conclusión: El R1 había hecho una maniobra evasiva para despistar a tres barcos de superficie sin llegar a combatir. Me pareció que no estaba mal. Hasta podía estar bien. Era preferible eludir a perder un combate.

En el mercado, como todos los días, había tamales recién preparados, huevos frescos, uvas de Ica y de Chincha, papayas y piñas del Perené, paltas de Huánuco, además de muchas clases de papas de Jauja: blancas, amarillas y hasta las moraditas. Pero tú ibas a los tamales. Pediste tres bien calientes y después de una rápida mirada al tráfico volviste a cruzar la avenida, entraste a la panadería y pediste cinco panes. ¿Tolete, francés, pinganillo, qué quieres? Francés. Y te entregó el pan envuelto en papel blanco que aseguró haciéndole dos nudos, como orejas a los lados. Es un real. Toma el real, le dije. Bien, aquí tienes la yapa. Y claro, contento recibí el papelito, lo doblé y lo guardé. Era el cuarto que tenía. Con cinco papelitos ya podía pedir un chancay, ese bollo tan agradable, como yapa. El pan tenía aspecto delicioso. Estaba caliente, crujiente, bien hecho. Y qué buen tamaño tenía.

Saliste contento de la panadería y casi chocaste con una bandada de pájaros que volaba muy bajo. Nunca los habías visto así revoloteando a ras del suelo, casi chocando con la gente para después salir muy rápido como una escuadrilla de aviones en misión urgente. Estos pájaros, qué locos están, oí que decían. Al levantar la vista vi más bandadas volando sin sentido de un lado para otro. Pero me parecía que también los perros estaban raros. Esa misma mañana me había tropezado con uno que no sabía por donde iba. Pocos pasos más allá ya estabas frente a la entrada de casa, una puerta de hierro acristalada que daba acceso a la escalera. La abriste y pronto estabas con mamá y con tía Alicia, su cuñada, que atendían a Raquelita, tu prima de solo unos días de nacida. Sí, habían venido a pasar unos días con nosotros. Llevé el pan y los tamales calientes a la mesa donde ya estaba Beatriz, mi hermana menor que hoy no iría al kindergarten. Podíamos empezar a desayunar. Ya sentado, saboreando la masa de maíz del tamal caliente, oías al locutor decir OAX4A, OAX4Z, Radio Nacional del Perú, para anunciar que conectaban con el extranjero, con la BBC. En medio de los innumerables ruidos y silbidos agudos de la deficiente recepción la conexión empezaba. Estación de Londres de la BBC, decía el locutor soltando luego las noticias del día, las novedades en torno a la invasión del norte de Francia. Por la parte más debilitada de la Línea Maginot, decían. Bueno, yo me voy al colegio. Pronto tenía bien sujeto el maletín de mano con los cuadernos, el bloc borrador, el libro de lectura, la regla, el lápiz negro, el bicolor, la pluma para escribir y el tintero bien tapado para que no se derrame la tinta. ¿Estaba todo? Creo que sí. Libro, cuadernos, bloc borrador, lápices, lapicero, pluma, tinta. Un momento, falta algo. Claro, el papel secante. Si escribo con tinta tengo que secarla y para eso es el papel secante. ¿Pero dónde lo he puesto? En la mesa no está. Ah, sí. Dentro de algún cuaderno. Claro, aquí está dentro del que usaba anoche. Tenía que comprobarlo todo antes de salir. Me lo enseñó papá, que así se hace en la Marina, que la disciplina empieza por el orden. Antes de salir di una mirada a los soldaditos de plomo, mi compacto ejército listo para entrar en combate al estilo europeo. Ya tenía artillería, caballería, infantería, abanderados con sus escoltas, tanques y hasta varios buques. Todo en orden, pero faltaba algo, algo que tenía en mente y que quería tenerlo a la salida del colegio. Mamá me acompañó hasta la puerta, sin bajar la escalera. Le di un beso y al colegio.

Pero antes querías comprobar que al salir el R1 a la superficie no hubiera barcos enemigos apostados para el ataque. Nada por la proa, a babor está tranquilo y estribor sin novedades. Adelante R1. Era solamente dos cuadras, doscientos metros, en dirección a la Fortaleza del Real Felipe y luego girabas a la izquierda hasta la esquina. Allí estaba el colegio, local de una sola planta. Total un recorrido de trescientos metros desde la casa, lo que hacías diariamente. Avanzabas bajo la fila de árboles por la acera lateral del Ovalo Bolognesi. Unos pasos más allá cruzabas al otro lado de la avenida Sáenz Peña. Protegido por los toldos sentías fuerte y delicioso olor a café de Chanchamayo recién tostado, el mejor café, eso decían. Había todo tipo de negocios, pero lo que te embelesaba estaba allí en esa tienda, para ti especial, que tenía muchas cosas de interés que ni siquiera percibías a no ser ese buzo, esa figura de plomo con escafandra y botas especiales. Un buzo, de los que se sumergen en lo más profundo de las aguas marinas. Ideal para auxiliar en los problemas que pudieran tener los cascos de los barcos, ideal para el equipo de submarinos. Era justo lo que le faltaba a tu flota. Cada vez que caminabas por allí lo contemplabas detenidamente, mientras juntabas la platita para comprarlo. Este viernes ya tenías lo suficiente. Lástima que la tienda no habría hasta más tarde. Pero a la salida del colegio vendrías para llevártelo, con toda seguridad. Bien. Así será.

Ya había llegado al colegio y estaba en el salón de clases, cerca del mediodía, atendiendo al dictado interrumpido por el alboroto de los perros en la calle. Correrías, ladridos, aullidos, inquietud que se volvía creciente nerviosismo de alumnos y profesora. El terror a lo desconocido se apoderó de nosotros. Me levanté y quise hablar. Pero en breve instante toda acción se congeló, ni siquiera mi voz terminó de salir. El futuro se había esfumado de forma fulminante. De muy lejos había llegado tan rápido como un rayo un ruido muy intenso y ronco que lo llenaba todo. No pude continuar, no tuve tiempo de terminar de hablar. Pero tan rápido como se fue, volvió otra vez la realidad para sentir que el terror se desbordaba por mis poros. El ruido ahora se sentía profundo como si viniera de las entrañas de la tierra y poderoso como triturar de montañas, aumentó rapidísimo y como tremenda explosión el suelo se levantó con extremada violencia hasta una medida que equivalía a mi propia estatura para después caer con la misma rapidez, en movimientos sucesivos que continuaron sin parar por un tiempo que me pareció eterno. Perdí el equilibrio, pero pude ver mientras trataba de estabilizarme cómo las paredes se inclinaban y se apartaban en un zangoloteo que las destruiría en pocos segundos. El techo íntegro parecía venirse abajo y el suelo se ondulaba en forma constante como un mar violento. Mis compañeros de clase y hasta la profesora, huyeron con desesperación hacia la puerta. En esa estampida chocaban entre ellos, resbalaban, se caían, se empujaban, formando un tumulto que clausuró la salida. Fui el último en llegar hasta la puerta y me cobijé junto a los que todavía no habían podido salir. Poco a poco algunos de los que estaban adelante se arriesgaban a correr hacia el patio para huir del colegio que se desplomaba y el grupo en forma gradual disminuía de tamaño. Aquellos que salían se perdían en la espesa nube de polvo que se expandía por todos lados. Tú, Beto, recibías trozos del techo y de las paredes, una violenta granizada de material de obra que te impactaba en todas partes del cuerpo. Tuviste que agachar la cabeza y protegerte como podías con brazos y manos. Ante la persistencia de los proyectiles, trastabillaste. No cesaban los violentos desplazamientos de la tierra y en el salón de clases se abrían tremendos desgarrones en las paredes como si estuvieran siendo abiertas con gigantesco cuchillo. Esto se acaba y te resignaste, Beto. Trozos de pared y de techo, quincha, madera, yeso, lámparas, instalaciones, vigas, todo, todo se venía abajo y dentro de poco te iba a aplastar. Se acababa la vida, tu vida, antes de que el terremoto terminara.

Así fue, Beto, cuando el mundo se acabó estabas allí con tus siete años vividos intentando protegerte en el umbral de una puerta, arrinconado sin poder evadirte del salón de clases que se venía abajo. El mundo se acababa remeciéndose con violencia. Difícil conseguir estabilidad en un espacio de cuarenta centímetros que subía, volvía a caer y se estremecía. Intentabas sostenerte sobre un suelo que más bien era un mar agitado y violento. Las paredes se separaban y se juntaban. El techo convertido en toldo que ondula por un huracán. Tus ojos temblaban y saltaban de un lugar a otro. Ya no había ningún compañero, nadie. Toda persona había desaparecido. Del techo caían trozos para dejar a la vista un cielo nublado por el polvo. En el salón aparecían grietas, serpientes hambrientas que engordaban con rapidez comiéndose las paredes. El polvo lo llenaba todo. La pierna izquierda de tu pantalón bombacho se atrevió a asomarse al exterior y fue ametrallada por trozos de adobes. De inmediato el bombacho quedó con el color café de su tejido escocés cubierto de polvo y no se veía ahora qué color tenía la camisa beige de manga corta. No podías moverte de donde estabas. Tu pelo abundante y rizado fue alcanzado por un impacto. Caíste de rodillas. Los trozos de pared y de techo, cascotes de quincha, madera, yeso, lámparas, instalaciones, todo, todo se venía abajo y te seguía alcanzando. Te derrumbaste y cerraste los ojos. Se acababa la vida. Se acababa el mundo.

Se te acababa la vida, Beto, antes de que pudieras cruzar la puerta de lo que había sido el salón de clases. Voy a morir, se acabará la historia del R1. No cruzaré la puerta porque las paredes se desploman. Seguiré el consejo de mi abuelo Gregorio. En los temblores es mejor permanecer en el umbral de la puerta. Y después aclaraba que no hay que confundir con el quicio, que es el lateral donde se asegura el marco. No me moveré. Tiene razón en cuanto a la resistencia de las construcciones, pero se equivocó cuando me dijo terco hace dos años. En su casa, enfrentándome a él levanté con fuerza la pierna derecha para estrellarla contra el suelo. Teco, no. ¡No soy teco! Ya lo veo, Beto. Ya veo que no eres terco. Eres terquísimo. Pero se equivocó porque no soy terco aunque de aquí no me mueva. Ya no existe el colegio, no hay salón de clases, el techo ha terminado de caerse. Pero de ese umbral no te movías. Llegabas a divisar el cielo blanquecino y te parecía un mal sueño, Beto. Hasta podías ver la torre del Mercado Central, para ti señal de referencia en el paisaje urbano, esa forma arquitectónica inconfundible que antes no se percibía desde este salón y que ahora veías estremecerse como una cometa, pero todavía sigue en pie. Esa torre no puede caerse, no es posible que se venga abajo porque para mí simboliza al Callao. Lo que no veo es el Refectorio. ¿Dónde está? ¿Se habrá caído o me engaño y continúa estando ahí? Y el terremoto sigue. ¡Dios mío! Padre nuestro que estás en los cielos, es el fin del mundo y después, el Juicio Final. Ya lo habían dicho los curas de la iglesia. Un momento, porque me parece que disminuye el movimiento. Dios mío, que termine, que no sea el fin del mundo. Que acabe ya esta angustia. Pero no, no. Vuelve y más fuerte. Dios mío, la torre parece que se tambalea. Y se tambaleaban todos los conceptos, todos los recuerdos. Veías a papá con su uniforme de marino, todo de azul oscuro y la gorra blanca con los galones dorados llevándote de la mano para que conozcas por dentro el submarino R1, con sus compartimientos estrechos, con aberturas que tienen la forma de latas de conserva. Y veías a tu madre cantando desdeñoso semejante a los dioses, ese vals criollo que tanto te gustaba. Y a tus abuelos Antonia y Gregorio reunidos en el salón empapelado de azul y oro, allá en Lima, conversando sobre la Alhambra. Alhambra, qué nombre tan raro, con una hache intermedia. Mi abuelo decía que estaba en España, en Andalucía, y que era un precioso palacio de los moros. Y aquí en el Callao mi padre me llevaba al cine Alhambra, a media distancia entre el colegio y la casa. Mi pensamiento volaba a la iglesia Matriz donde acostumbrábamos a escuchar misa y a rezar. ¿Se habrá caído la iglesia, la encontraré en pie si me salvo de este terremoto? Pero no, no la encontraré porque en este momento sí se está cayendo la torre del Mercado Central. Se cae, se cae. Ya no está. Se ha caído la torre, mi emblema. ¡Dios mío, esto significa que se acabó todo! Todo terminará por caerse. No hay más salón de clases, ni colegio y este umbral tiene encima una última pared que se vendrá abajo y me aplastará en cualquier momento. Es el fin del mundo, como decían en la Iglesia Matriz. Padre nuestro, que estás en los cielos, apiádate de mí. Estoy listo para el Juicio Final, no veré más a mis padres, ni a mi familia, ni al Callao, ni a Lima, ni a nadie. ¡Dios mío!

Dentro de lo que quedaba del salón del colegio las espesas nubes de polvo se desplazaban y en los espacios intermedios se veía trozos de cielo, pero ya ningún edificio era visible. El Mercado Central y su torre habían desaparecido. Y de un momento a otro, cuando ya no lo esperaba, el intenso movimiento sísmico se fue reduciendo y por fin la tierra se aquietó, dejó de temblar. No lo podía creer. Recién me percaté de que a mi lado había permanecido un compañero. Por breves instantes nos miramos angustiados y sin que pronunciáramos palabra, al toque salió corriendo. Miré alrededor. Todo era desolación. Había desaparecido el colegio. Solamente unas pocas paredes seguían parcialmente en pie, una de ellas la mía. El salón de clases era una sucesión de montículos de desmonte. Con la mano me limpié la ropa y salí a lo que había sido el patio central. Ya no había muros que lo separasen de la calle, empecé a correr, pero me detuve. Recordé las recomendaciones de papá. Siempre debes comprobar si llevas todo lo que necesitas. ¿Algo faltaba conmigo? Me revisé, seguí revisándome, mirando mi ropa, metiendo la mano a los bolsillos, mirando al maletín. Un momento… el maletín ¿dónde está? Entonces me di cuenta de que no portaba el maletín. Eso es lo que falta, no lo tengo. Debo regresar de inmediato y encontrarlo. Beto, a pesar del peligro de que se repitiera el terremoto o de que alguna cornisa o pared te cayera encima, tú decidiste regresar para buscar el maletín que habías dejado. Sí, de inmediato volví hasta lo que había sido el salón. Tenía que identificar mi asiento y al cálculo escogí uno de los montículos que empecé a escarbar. Pero me detuve. Me estremecí porque otro de los montículos se movía. Alguien escarbaba dentro. Me acerqué y con ansiedad retiré todo lo que pude para agrandar un pequeño espacio abierto. Finalmente vi la cara de Oscar Sánchez, mi vecino de asiento. Respiró profundo y salió. Mi primera mirada fue directa a sus labios redondeados cubiertos de polvo y después a sus ojos que yo miraba por primera vez. Estaban emocionados y me delataron un mundo de sentimientos escondidos. Sin atinar a decirnos nada intercambiamos palmadas en los hombros. Dio un paso atrás, me miró. Gggracias, me dijo con lágrimas en los ojos, y salió volando. Se había protegido debajo del pupitre de la profesora. De esa forma consiguió salvarse. Me engañé cuando pensé que era tonto. Seguí con lo mío. Tuve que separar trozos de madera y de desmonte hasta encontrar por fin el pupitre donde me sentaba. No sabía si era el mío, pero al introducir el brazo en busca del maletín sentí que lo tocaba. En ese momento quedé contento. Era el momento de volver a casa. Corrí directo a la avenida Sáenz Peña para ver desde lejos si estaba o no en pie. Por el trayecto veía destrozos, casas caídas, techos deslizados hacia las aceras. El Callao ya no existía. La avenida Sáenz Peña había perdido los elegantes balcones de madera que le daban armonía. Toda la avenida era ruina, una total desolación. Al llegar a la esquina mi vista se alegró. Allí estaba el edificio de la casa, entero, sin daños. ¡El único! Gracias, Dios mío, mamá se salvó. ¡Chim pum, Callao!

Di un salto de alegría sosteniendo en alto el maletín y corrí hacia casa, pero me detuve en la tienda del buzo. La planta alta se había desmoronado. En la planta baja muchos daños habían destruido parte de la tienda, pero en un rincón vi intacto el buzo que tanto ansiaba. En la puerta estaba el dueño examinando los daños. Señor, quiero comprar ese buzo. Me miró en forma interrogante. ¿Comprarlo, hoy? Sí. ¿Ahora? Sí, señor. Bien, no puedo envolverlo, pero es tuyo. Aquí lo tienes, y me lo entregó. Le extendí el dinero. Me miró nuevamente, pero esta vez sonreía al mismo tiempo que una lágrima asomaba a sus ojos. Chico, no me has entendido. Pero no importa. Es tuyo, te lo regalo. Te lo regalo. Llévatelo. Abrí los ojos de alegría. Gracias, señor, y salí corriendo. Ya tenía el buzo. ¡Chim pum, Callao!

Largo rato quedaste allí abrazado a la cintura de tu mamá, pegando tu cabeza a su cuerpo, viendo sus familiares zapatos de punta estrecha, cuando sentiste la voz inconfundible de papá. Volviste la cara y viste su gorro blanco con visera negra, al momento que le escuchabas exclamar a Lidia un Alberto que le salía del alma. Los brazos fuertes de tu padre rodeaban al grupo familiar, acercándolo al calor de su cuerpo. Alberto estaba feliz, su rostro sonrosado no dejaba de sonreír. Mi mujer, mis hijos, mi familia, todos a salvo. Lo pasé en el Guisse y sentí que el mar hervía y nos engullía. Ha sido difícil llegar hasta aquí. Pero con felicidad estamos juntos y a salvo. Se quitó la gorra y dejó al descubierto esa frente amplia que te era tan familiar. Iremos a dormir a Lima. Así fue. Esa noche estaba reunida la familia entera, como ocurrió el último 31 de diciembre. Beatriz, tu hermana, estaba adormecida en uno de los sofás de ese salón azul y oro de tus abuelos. Tú, Beto, estabas en el otro sofá a punto de dormir, mientras oías a tu padre y a tu abuelo en interesante conversación. Hablaban de las placas tectónicas, del desplazamiento de los continentes, de la deriva de la corteza terrestre, de los epicentros, de la escala de Mercalli y tú, en cambio, empezabas a ver horizontes bellos, paisajes coloridos con el mar al fondo, esos barrios del Callao que tú, Beto, recorriste sin apenas prestar atención y que ahora recién apreciabas. Cuando el mundo acabó aprendiste a querer porque todo había cambiado. Habías tenido una lección de lo que es el amor. Apreciar aquello que ya tienes y que sólo valoras cuando lo has perdido. Veías diferentes a tus padres, a tu familia, a tus amigos y también a tu ciudad, al Callao. Contemplabas Bellavista, plácida junto al mar. La Perla, asomada a la inmensa bahía de Lima. La Punta, proa enfilada a poniente con románticas playas del Pacífico a babor y a estribor. Corrías por las orillas de un mar siempre presente, persiguiendo a las gaviotas, deleitándote con los arreboles chalacos, contemplando las fuertes murallas del Real Felipe, el muelle con las escalinatas al mar, el barrio de Chucuito con su playa asomada al puerto, el Cantolao como una extensión marítima de La Punta y finalmente, la playa del Malecón, un trampolín tendido hacia la isla de San Lorenzo. A punto de caer en la placidez del sueño, rememorabas aquella escena con tu padre. Papá, papá, he visto un tiburón en el mar del Callao. ¿Un tiburón, cómo era? Pues, así, grande, tenía una aleta vertical que sobresalía del mar y nadaba muy tranquilo. ¿Papá, no se meterá en las playas y atacará a los bañistas? No, hijo. Lo que viste no es un tiburón. ¿No? En el Callao no hay tiburones. ¿No hay tiburones en el Callao, papá? No, lo que viste es un delfín. ¿Un delfín? ¿Hay delfines en el Callao? Sí, hay delfines. ¡Delfines! Entonces, papá, ¡Chim pum, Callao!

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Las Fiestas Patrias en el Callao por Humberto Pinedo

Introducción
Chim Pum Callao tiene el agrado de presentar al escritor, historiador, narrador y periodista chalaco, Humberto Pinedo, autor de Rostros y Rastros del Callao. En esta oportunidad, don Humberto nos presenta su artículo, Las Fiestas Patrias en el Callao.


En el Callao desde el comienzo de la Independencia conocemos a las Fiestas Patrias como las Noches Buenas desde el 27 al 30 de julio. La población chalaca de l850 festejaba estos días con mucho amor patriótico tanto niños como adultos.

Las Fiestas Patrias en el Callao era el resultado de un alto amor propio que tenía el chalaco por su participación historica en diferentes actos públicos de reivindicación nacional. Así tenemos que el primer Congreso Constituyente se realizó en la Fortaleza del Real Felipe. Como en l823 llegó al puerto con mucho alborozo el Libertador Simón Bolivar.

Este patriotismo del pueblo chalaco era diferente a la de Lima. En nuestro puerto participaban todas las instituciones castrenses. El pueblo vistió sus mejores galas cuando en l826 logramos desalojar al realista Rodil de la Fortaleza del Real Felipe y asi consolidamos nuestra independencia gracias a la braveza de Bartolomé Salom.

Tal es el patriotismo del pueblo chalaco de que el primer monumento que se inaugurara del Libertador San Martín se erigió frente a la Iglesia Matriz el 27 de julio de l901 y después este monumento fue trasladado a otro lugar entre la Av Buenos Aires y Marco Polo en donde se encuentra en la actualidad.

AMOR PATRIO

Las Fiestas Patrias de l9l0 eran de gran solemnidad. A los alumnos se les enseñaban a que aprendieran las lecciones sobre la Independencia y sus héroes más importantes, hechos gloriosos, como que recitaran algunos versos sobre los libertadores. En la plaza del Ovalo se reunían los chalacos en donde aparecían las tamaleras, las vendedoras de chicha con sus vasos que llevaban el Escudo Nacional. El Ejercito realizaba retretas en las plazas públicas en donde la población podía bailar marineras, polkas y mazurcas hasta las l2de la noche tal como nos cuenta el intelectual Juan Ríos.

Cuando se festejó el centenario de la Independecia del Perú en I 92l las autoridades edilicias cambiaron el nombre de la Av Lima por el de la Av Saenz Peña y el de la Avenida Ferrocarril por el de Buenos Aires. Ese día los buques de la Marina de Guerra dispararon 2l cañonazos.

Otro lugar donde se realizaban las veladas literarias y el Te Deum era en la Iglesia Matriz. Al mediodía se realizaba el desfile militar en donde los niños y adultos usaban pitos de variados colores como también las matracas. Se usaban bombardas para alegrar este día. También era conocido el juego del Palo Encebado.

Néstor Gambetta refiere en sus Cosas y Casos del Callao que las fiestas patrias de su época eran muy vistosas y alegres. Los chalacos recibían la fiesta nacional con mucha algarabía. Las calles Constitución, Salaverry y Libertad estaban cubiertas de cadenetas rojas y blancas, y en las actuaciones se terminaba con un Viva el Perú.

En la actualidad estas fiestas ya no se realizan en la Avenida Buenos Aires sino en la Av Sáenz Peña, como también en la Plaza Grau, la Plaza Gálvez y en la Fortaleza del Real Felipe.

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Los Cuatro Grandes del Callao por Humberto Pinedo

Los cuatro personajes más representativos del Callao son Alejandro Granda, Manuel Raygada, Eduardo Márquez Talledo y Francisco Pancho Quiroz. Importantes compositores, tenores, artistas que sobresalieron en su época, con sus composiciones, con su voz, con su guitarra, no solamente en el Perú sino también en todo el mundo, y que en la actualidad trascienden.

El Historiador Jorge Basadre al comentar sobre la vigencia musical de Alejandro Granda nos diría que era humilde este chalaco que comenzó como mecánico y terminó como uno de los mejores tenores liricos. Al regresar a su patria fue reconocido por sus paisanos. El decía que su patria grande era el Callao.

Cuando fue descubierto como tenor lírico se sorprendieron de su voz Rosa Mercedes Ayarza y el ex Presidente de la República Augusto B. Leguía quien le proporcionó una beca a Italia para que se perfeccionara en este arte. Ricardo Gandolfo refiere que Granda era muy melancólico y siempre pensaba en su Callao.

Granda nació el 26 de noviembre de l898 en el el Callao. Desde pequeño le gustaba el canto, siendo joven aún actuó en el teatro Forero, hoy Municipal, acompañado en el piano de Federico Gardes y fue vitoreado por toda la multitud, debido a estos éxitos el tenor Granda fue invitado a la Scala de Milan donde de pie el público lo aclamaba cuando interpretaba sus óperas, que después fueron grabadas por la disquera Columbus de gran prestigio. "¡Quién habría pensado que este muchachito que había estudiado en un colegio fiscal del jr Loreto iba a ser uno de los grandes de la lírica mundial!", apunta Manuel Zanutelli.

Granda cantó en toda Europa y en Medio Oriente. A pesar de la fama y de la gloria no tuvo éxito en el amor. Se casó con una condesa italiana que no le dio hijos y terninó separandose y regresando al Callao. En l947 le dieron la Orden del Sol como reconocimiento. Las giras, las malas noches y su físico no resistieron su salud de este curtido porteño muriendo con olor a multitud. Como siempre la mediocridad y la mezquindad artística se juntaron en nuestra patria cuando le iban a dar un homenaje póstumo. Se cuenta que fue discriminado en el Conservatorio de Música. Sus restos se encuentran en el cementerio Baquíjano.

Fue por esa época que nace Eduardo Márquez Talledo un 25 de febrero de l902. Marquez Talledo era muy práctico y se dedicó tambien a la labor de ebanisteria y era un virtuoso de la guitarra, como diria Niko Cisneros en sus apuntes sobre música criolla. Pertenecio a un trío criollo en donde lo acompañaban García y Barraza convirtiéndose en un éxito de sintonia radial.

Con sus valses, sus polkas, impresionaron al público extranjero. Fue por esa época en que grabó Nube Gris que fue interpretado en bolero por Pedro Infante. Ese tema fue grabado después a diferentes idiomas. Compuso también otros valses y polkas como Vivir sin ser Amado, Desengaño y Ventanita. Junto a su labor musical se dedicó a ser dirigente sindical defendiendo a los artistas y trabajadores. Murió un 29 de enero de l975 siendo reconocido por su pueblo.

Manuel Chato Raygada nació el l8 de mayo de l904 en la calle Derecha - hoy Constitución. Sus padres fueron Carlos Alredo Raygada y María Rosa Ballesteros. En l909 conformó el Trio Los Chalacos viajando con mucho éxito por Tacna, Arica, Antofagasta.

Luego se casó con la dama chilena Juana Sepúlveda y grabó en Fiesta Criolla. El estudioso Lorenzo Villanueva diría que su Nostalgia Chalaca es como un Himno en el Callao. También compuso Mechita, 28 de julio, Lima Virreynal, Santa Rosa de Lima, Asi era ella ,Mi Retorno, Mi Perú que es como un segundo himno para todos los peruanos.

Raygada viaja de pavo en el barco Mantaro a Santiago de Chile en l929 trabajando después en el cabaret Shanghai de la céntrica calle Bandera donde todos los criollos llegaban. Estuvo varios años en Chile y al retornar a su patria fue reconocido por todos los chalacos y el pueblo peruano.

El periodista Domingo Tamariz diría de Raygada que gustaba mucho del ceviche, la buena conversación como que era bohemio. Cuando lo entrevistó por orden del gordo Raúl Villarán sus opiniones artisticas fueron una primicia para la revista Extra y las fotos fueron tomadas por Víctor Medina. Al regresar al Perú vivió en la Unidad Vecinal de La Perla donde murió en l97l. Sus restos se encuentran en el cementerio Baquíjano donde los chalacos siempre lo visitan.

Otro grande fue Francisco Pancho Quiroz que pertenecio a la Marina. Estuvo casado con Mercedes Quiñónez, a él se le reconoce como el autor de Vamos Boys que fue interpretado por el carreta Jorge Pérez cuando pertenecía a Los Troveros Criollos. Tambien compuso la Furia Chalaca, Arriba Peru, el Buquecito y el Himno de la Marina. Falleció en l970.

Estos cuatro autores chalacos al igual que Oscar Avilés y Rómulo Varillas nos siguen representando en la música nacional como internacional. Por eso sugiero que se perennnice sus nombres colocando bustos de sus personas en el Boulevard de la Cultura y así las nuevas generaciones sepan que fueron los pioneros de nuestra música, sus representantes y los más importantes forjadores de nuestra identidad chalaca.

Prohibida la reproducción total o parcial sin consentimiento del autor.

Continuará...

De poco en poco vamos convirtiendo las temas enviados al nuevo estilo ... gracias por tu paciencia.

©1997-2019 Chim Pum Callao
Derechos Reservados. All Rights Reserved.