Especiales de los Chalacos


RUPAC

(Autor: Alberto Muñoz)

Después de cuatro años consecutivos en Miami, esperábamos unas vacaciones que por fin llegaron; quince días en el Perú aceptando la invitación de Don Francisco Pizarro cuando dijo:" Si vais al Perú, sereis ricos". "Nosotros sabemos de toda esa riqueza: La familia, los patas del barrio, un buen cebiche en el mercado del Callao, y cerrando con broche de oro, visitar algun lugar al interior del país.

Llegamos a Lima a finales de mayo, casi en pleno otoño y con la famosa garúa de junio; después de unos días recorriendo Lima y Callao, visitando a la gente e intercambiando ideas, vi a un pueblo optimista y deseoso de salir adelante. Hacía tanto tiempo que no percibía esta esperanza o quizás me fue indiferente ya que crecí de crisis en crisis. Recordaba mis clases de Economía en la universidad, como la variable psicológica cumple la función de confianza, que es el principio para acelerar el crecimiento y después se producira el desarrollo económico que tanto ansiamos para nuestra patria.

Fui a buscar mi equipo de montaña que encontré tal como lo dejé, allí estaba esperando por mí, listo para ser usado; me encontraba fuera de forma pero eso no restó las ansias de visitar nuevamente la cuenca del río Chancay. Es así cómo llegó el día de la partida hacia el norte; la ciudad de Huaral. En Lima dejé a mi esposa, mi siempre compañera de aventura, quien lamentaba tener que regresar a Miami a reintegrarse a sus labores.

Mi amigo Javier decidió unirse a la aventura y así empezamos la travesía que sería 150 Km. Hacia el Noroeste de Lima, pasando por Ancón, Pasamayo, Chancay y Huaral como primera etapa. Partimos de la Plaza de Acho, en el Rímac, siendo las ocho de la mañana; llegamos una hora después a Huaral, no sin antes contemplar en el trayecto las pocas tierras de cultivo que aún hay. La neblina nos acompañó y, aún árida, la Costa me parecía hermosa. Saliendo de Lima el clima cambió, cumpliéndose el dicho que , saliendo de Lima al sur o al Norte, siempre hay sol.

En Huaral teníamos que tomar un camión a Huascoy, siendo martes, y de acuerdo a mis apuntes que celosamente guardo desde hace muchos años, el camión apareció cumpliendo su habitual itinerario, haciéndonos respirar de alivio que no haya cambiado nada, pues así nos ahorró todo un día caminando cuesta arriba; hasta ahora los tres días planificados se cumplían perfectamente.

Viajar sobre un camión resulta incómodo, pero no deja de ser una experiencia hermosa y de aventura; pienso observando a toda la gente sentada sobre sus bultos, respirando la polvareda, ¿qué me ha impulsado tantas veces a hacer este viaje? Pues tan sólo un libro escrito por el Dr. Teodoro Casana, gran viajero y estudioso de esta zona; me hice su discípulo leyendo y caminando cada tramo de su libro: Restos Arqueológicos en la provincia de Canta.

Una grata sorpresa fue la carretera interandina que están construyendo y que algun día llegará hasta Huánuco pasando por Cerro de Pasco.

Continuamos nuestro viaje paralelamente a la vertiente del río Chancay cuyo verdadero nombre es Pasakmayu o sea "Río de la Luna"; éste es un valle algodonero y frutal; aquí se desarrollan y resuelven sus problemas socio-económicos los pobladores de Huando, famoso por sus naranjas sin pepas; luego le siguen otros pueblos como Hornillo, Cuyo, Quisque, Huayo, Anasmayo, Raure, San Miguel de Acos y así se continua hasta la cordillera de los Andes.

Todo esta zona tiene un gran pasado histórico, grandes culturas pre-incaicas poblaron estos lares y sus construcciones no tienen nada que envidiar a las incaicas. También hay que decir que toda esta zona es la gran despensa de Lima, en lo que a productos alimenticios se refiere.

Mientras más subíamos, el valle se hacía más angosto obligando al camino a estar más cerca del río . En Mataca, nuestro punto intermedio, nos desviamos a la derecha y luego cuesta arriba hasta "donde nacen los cóndores". Quien ha subido por estos caminos tan angostos de una sola vía y con el precipicio abajo, queda admirado de la pericia de los choferes. Pasamos por una zona arcillosa y llena de cactus a ambos lados de la cordillera y el olor inconfundible de los melocotones o blanquillos como también se les conoce, me abrió el apetito. La principal actividad económica de estos pueblos radica en la cosecha de esta deliciosa fruta.

Después de ocho horas de viaje por fin llegamos a la Florida, más arriba estaba Pampas, aún lejos de nuestro alcance. Inmediantamente indagamos por los dirigentes comunitarios. Todos estos pueblos son regidos por un orden ancestral desde antes de ser conquistados por lo Incas. El Ayllu era, y sigue siendo, el eslabón de continuidad en la historia y vida de estos pueblos. Los dirigentes eran hombre jóvenes, que no es común en estos pueblos andinos. Nos recibieron muy atentos y a ellos les obsequié una foto ampliada, tomada hace ocho años, de los principales de la comunidad; igualmente les presenté mis credenciales. Después de las presentaciones de rigor, nuestros cuerpos pedían a gritos un descanso y por eso nos apresuramos a buscar un lugar donde acampar.

Aquí, desde cualquier angulo, se puede contemplar la obra de Dios con sólo alzar nuestros ojos al firmamento.

A las seis de la mañana de nuesto segundo día, nos esperaban dos guías , Guilmer y el Chino. Los primeros diez minutos de ascenso fueron desastrosos, tanto así que quisimos "tirar la toalla", pero sacamos fuerzas y fuimos avanzando despacio hacia Pampas a 3,400 metros sobre el nivel del mar, donde nos esperaban acémilas para poder subir la cuesta , hacia Rupac. Nos contaban en el camino que doce alemanes habían intentado subir días antes sin conseguirlo; igualmente periodistas de "El Comercio" de Lima, llegaron sólo hasta el Marka Kulpi.

A las nueve de la mañana llegamos a Pampas, un pueblo muy bonito pero en completo abandono; posiblemente fue habitado por 20 a 250 familias quienes en un momento dado cambiaron su conducta de producir frutas a un menor nivel de altura, creando el pueblo de la Florida. La cosecha de papa, maiz y la gran cantidad de ganado que vi en pampas son cosas del pasado. Pampas nos recuerda a una semana santa , hace 12 años, que llegamos los "patas" del barrio de Santa Marina Norte del Callao; cansados, hambrientos, pero contentos de ver a tanta gente; resolvimos pedirles ayuda, dándonos con la sorpresa que en semana santa, como era costumbre, nadie hablaba y aquel que lo hiciera, iba a la carcel.

Empezó nuestro segundo ascenso por un camino de trocha, teniendo a nuestra derecha abismos insondables con paisajes inenarrables. Después de casi cinco horas de viaje encontramos los primeros vestigios de andenería; los caballos sufrieron el cansancio de la altura y sin mas remedio tuvimos que seguir nuestro camino sin la comodidad de antes. Las agudas espinas de los biscaínos hicieron leña de nuestras piernas, pero por fin pudimos divizar el Marka Kulpi.

El Marka Kulpi, sentado sobre una colina, deja observar cerca de una docena de construcciones que asemejan castillos feudales, cuyos parapetos se yerguen mirando hacia la cordillera.

Más o menos al mediodía pudimos contemplar al fin, la maravillosa ciudadela de Rúpac; sus edificios casi intactos cómo si el tiempo se hubiera detenido allí, a pesar de 1500 años transcurridos, debido a su ubicación geográfica, de dificil acceso, se mantiene bien conservada.

La recorrimos en su totalidad, plasmando su belleza en fotos y films. Contamos cerca de 60 edificios de hasta 3 pisos, cuyos detalles arquitectónicos me llamaron poderosamente la atención, como sus techos de piedra, sus dinteles sobresalientes y, sus calles y avenidas bien planificadas.

Al ingresar a uno de estos edificios, con cierto temor y agazapados con incomodidad, nos sorprendieron escalones subterráneos en donde las habitaciones se comunican unas con otras en perfecta distribución; sus techos abovedados y las paredes con adornos sumamente estéticos; pienso que quien haya vivido allí, lo hizo con gran comodidad, contando incluso con un sistema de ventilación que nada envidia al de nuestros tiempos.

Según el Dr. Casana, Rúpac podría ser una ciudad militar de primer orden o tal vez una metrópolis suntuosa; nosotros las vimos hermosas, esbeltas y altivas mirando el tiempo con desafío. Se tiene que estar en Rúpac,Chiprac o Anay para sentir el vértigo de la altura, que no es más de 4000 metros sobre el nivel del mar; pero nuestro espíritu aventurero se eleva más allá del cielo, para tocar el estrado de los pies del hacedor.

A las cinco de la tarde, empezó nuestro descenso, felices de haber cumplido nuestro reto una vez más.

Perú me espera con otra ruta el próximo año y esta será la caminata más larga de mi vida, uniendo a pie el Cuzco a Macchu Picchu, por donde en lejanos días transitaron nuestros antepasados, los Incas.

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Alberto en Rúpac
Valle del río Chancay
Ciudadela Milenaria de Rúpac

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