Especiales de los Chalacos

Introducción

Domingo Zavala, "Mingo" como lo conocemos en el barrio de Santa Marina nos trae unos recuerdos de su niñez y adolescencia. Esta es una historia con la cual podemos hacer memoria de tiempos idos ya que muchos caminamos las mismas calles y hemos tenido experiencias similares. Esta es la primera parte de sus vivencias, que es muy seguro, disfrutarán.

Recopilando al Callao
(Parte I)
Al 20 de Agosto de 1968
De Mamalucha a Santa Marina

(Autor: Domingo Zavala Marttini)

Caminar desde casa de abuelita Mamalucha a Santa Marina nos tomaba veinte minutos; generalmente salíamos a las once de la noche después de ver la serie de televisión "Los Intocables" en casa de Tía Sydney, que era la primera en tener un televisor en el barrio de la quinta cuadra del jirón Colón. Las calles despobladas de delincuentes nos permitía ir jugando por las veredas de cada cuadra semi obscura de nuestra habitual ruta por jirón Cockrane, Cuzco, Atahualpa y República de Panamá hasta el Obelisco de los Coronginos en que correteando con mi madre detrás, cargando a Martín, el último de nosotros llegábamos al block "H" de la unidad, a esperar el día siguiente a repetir la misma jornada desde la mañana. Habían días en que nos la pasábamos en blanco, por no exagerar en la generosidad de la abuelita; pero la vecina del H-203 conciente de nuestra pobreza nos llevaba su ollita con caldo de gallina, hoy casi extinguida por los precios de la inflación y la ausencia de crianza moderna.

En esos días, que permanecíamos en el barrio de los nuevos pitucos del Callao, aprovechaba para escaparme de casa hacia la acequia que pasaba por el costado de nuestro edificio. Era una hermosa acequia, ancha a veces, profunda otras; era uno de los ramales de mayor tamaño del gran río Rímac, que inundaba casi toda la provincia con acequias de todos los anchos y angostos. Desde mi ventana que estaba en el segundo piso, divisaba algunos de estos ramales así como los pequeños bosques que iban quedando de la tala urbanística, todo a mi alrededor era verde.

En esos días la acequia contaba con mi visita para sacarle sus chololones siempre plomos y los vistosos arcoiris, todos pececillos de agua dulce que abundaban en todos los surcos regados por el agua limpia y transparente del río hablador. Lo demás eran angostas carreteras de tierra cota asentada. Tierra rojiza que en forma de bola la lanzábamos al bando enemigo cuando jugábamos a la Batalla de Taparica (alusión a la batalla de Arica y Tarapacá), y dolía si la lanzaban ya secas... lo cual hacíamos contra los Coronginos que fungían de malditos chilenos. Recuerdo a Corzo que era un serrano bien alto, grueso y duro como el acero, era el privilegiado de ese barrio pobre del frente, al jugar de nuestra parte y en oportunidades nos servía para treparlo y ver al enemigo. Por las tardes nos enseñaba a llegar a los corrales donde guardaban a los caballos para secuestrarlos y montándolos paseár por todos los pantanos a todo galope perseguidos por los peones de la hacienda que mas que furiosos llegaban a nosotros con la preocupación de lo que les haría el patrón... se los devolvíamos después de la travesura sin agredirnos mutuamente, no se si porque éramos blanquitos de la Santa Marina.

En la noche nos agrupábamos para ir a pampear; pobre las cholas que encontrábamos entre los matorrales, generalmente las manoseábamos porque se dejaban acariciar ya que nos creían niños adinerados y buenmozos, y solo se dejaban con sus favoritos... tan solo teníamos catorce años, ellas... ¡no importa! ¡Les gustaba!...pero su piel bien chocolatada olía mal.

El barrio de Colón se resumía a la quinta cuadra, muy reconocida como la más respetable por su gente aguerrida, y yo la pasaba peloteando en las pista entre los autos contra los del callejón del Perpetuo Socorro, los de la Mar Brava, o los Barracones en fin, contra el equipo que tuviera que apostar usualmente del dinero que proporcionaba el recolectar puerta por puerta papel periódico pasado y que se vendía en el mercado a los carniceros que lo usaban para despachar la venta. En aquellos días no teníamos ideas de barras bravas, así que un malentendido u ofensa se arreglaba en círculo para que nadie se meta; los contendores rodeados por la gente de ambos bandos dejaban se enfrenten para ver quien era el más machito... no el más achorado o maleado. La bronca significaba imponer respeto, no terror. Al terminar el vencedor le daba la mano al vencido.

Detrás de casa de Mamalucha estaba la inmensa pared de quincha del Gran Cine Avenida, donde los mejores estrenos del cine mexicano agolpaba a sus concurrentes en nuevos y finos trajes de elegante apariencia comprados en la tienda Le Bon Marche de la calle Miller. Apariencia del estilo chalaco, que los de Lima envidiaban. Podría jurar que los de mi casa jamás se perdieron una proyección de película de cualquier horario... pues se metían por el techo después de cruzar el tragaluz de casa que colindaba por la parte posterior del ecrán... arrastrándose por los inmensos durmientes lograban estar en inmejorable posición para poder ver frontalmente las imágenes y sobre todo leer los subtítulos cuando era de película americana. Esta incursión se repitió año tras año desde que mi madre Doña Myria y la inmensa señora Antonia Ludeña iniciaran estas arriesgadas palomilladas en el barrio. Las gruesas vigas de madera ya no solo soportaban el techo y la estructura del cine teatro sino a una veintena de sapos y curiosos que se ahorraron durante años su entrada hasta que... un triste día clausuraron las ventilaciones del techo. Y esto se dio porque una pieza de madera se cayó a la platea accidentando a uno de sus concurrentes en una de las funciones, lo cual permitió detectar que habían arriesgados visitantes trepados como gatos viendo película gratis...

Desde casa de Mamalucha se podía divisar la Mar Brava y parte del muelle La Dársena, por ello siempre escuchábamos el canto de las embarcaciones llegando a puerto que traían la última moda de Francia, Inglaterra o Italia. Acto seguido, mi abuelita me anunciaba que para el día domingo tendría "chacha" nuevo, y diciendo esto me vestía de limpio para ir de compras al jirón Miller que durante todo el año, sus calles se encontraban siempre, poblada de paseanderos y familias efectuando sus compras. Tan poblada en ese entonces que fácil se extraviaban niños... llorando, entre la gente. Mi Mamalucha cada cinco minutos le ordenaba a mi madre no me soltara. Yo de saquito escoces grueso de cuadros verdes y mis zapatitos de charol. Pero era más bonito que ir a pasear a Lima casi vacía y de pocas tiendas.

Don Elio Tubino siempre la esperaba con sus últimas telas, hilos y botones...para mí un chupete que el compraba en la tienda china Oriental. Lo recuerdo lejanamente, él muy cortés, amable, parsimonioso, de ademanes muy distinguidos; lo que no recuerdo si ese era su apellido o un apelativo por los hilos de marca Tubino. Mientras, mi madre adquiría lanas, crochet, palillos de tejer, con lo cual nos tejería chompas. Después de las compras nos llevaban a comer dulces chinos al mercado central, siendo mi favorito un camotillo polvoreado de azúcar rubia. Cuando estabamos cansados nos regresábamos en el tranvía que tomábamos en la Plaza Grau después de que nos metian a empellones a la iglesia Matriz para rezar ... un ratito decian ambas.

En esta iglesia se caso la hermana de mi madre, mi tia Sydney y mi padrino Manuel. Ambos en impecables trajes de novios recién llegados de París. El de Frac y ella de encanto. A su salida, finalizada la ceremonia, la iglesia les tocaba las campanadas del buen augurio y la felicidad, mientras que toneladas de arroz y pétalos de flores eran lanzados a su paso hacia el auto Ford modelo remise...creo que casi todo el Callao estaba metido en la misa, y muchos no pudieron ingresar...pero en esos tiempos un matrimonio era noticia de gran sonada al cual todo el Callao asistía. De esta iglesia recuerdo una procesión de la Virgen del Carmen saliendo bien de mañana y que asistir a su misa del alva me significó una levantada de cama de las seis de la mañana; misa en la cual todas las mujeres usaban riguroso velo sobre el cabello, guantes largos, chall de seda y la gran mayoría, de hábito marrón con crema...y mucho humo de incienso, mirra y otras yerbas santas. Tan apretada la asistencia al recinto santo, que en eso me le escape de la mano a la abuelita, terminando por quedarme sujeto al anda de la imagen de la cual se retiró ella después de dejar su ramo de rosas verdaderas. En ese entonces no existían las de plástico.

Justo en ese momento la levantaron quedando yo debajo de toda esa mole, que entre empujones se abrió paso hacia la salida...conmigo. A lo lejos escuchaba mi nombre desesperadamente...por ambos lados, entre los cantos de la saumadoras en su mayoría señoras negras. Justo en momentos que las andas se depositan en la pequeña placita de la Matriz, algunos devotos empezaron a cargar a los niños para ser pasados por la bendición de la Virgen; no me explico como fui a parar ante esta imagen que al verla tan de cerca grité de espanto... así fue como me recuperaron.

Llegado el domingo, toda la familia se alistaba después del tradicional almuerzo de tallarines rojos, para ir de paseo. Con trajes nuevos y bien almidonadas las prendas blancas, nos llevaban a caminar al Ovalo, todo Calle Lima como se le decía a la hoy avenida Saenz Peña; llegar al Real felipe, pasar al muelle La Dársena y regresar por jirón Miller. En el camino nos encontrábamos con toda la vecindad que hace un rato la habíamos visto en el barrio.

La gran diferencia en mi vestir la componía la exclusividad del diseño, pues mi abuelita fue modista de la más alta clase en el Callao. Prueba de ello eran las confecciones que le demandaban muchas damas de la sociedad chalaca y limeña a las cuales visitaba cuando tenía que sacarles las medidas. Justamente una de estas distinguidas damas se convirtió en mi madrina de bautizo y que era la hija del señor Pareja, reconocido joyero que tenía por encargo confeccionar las monedas para nuestra patria, algunas de las cuales aun conservo ya que llevan su firma: Pareja. A mi madrina Perla ya hace más de treinta años le perdí el rastro, pues su local que quedaba en jirón Ica, y que al lado quedaba un solar antiguo donde vivía, desaparecieron.

Cada vez que ibamos al mercado pasábamos por la Cruz Blanca donde después de orar mi madre, mi tía y Mamalucha echaban unos cuantos soles para los necesitados como si no lo fueramos, y seguir de largo hasta la rotonda de los chinos para tomar de desayuno pan con chicharrón, jugo de plátano con leche y retirarnos con la porción de yuca china de yapa a hacer el mercado...

Continuará…..


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