Especiales de los Chalacos

Ese Día

(Autor: Alberto Arce)

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén, respondimos todos y estábamos listos para la clase. Bueno, vamos a empezar la práctica del dictado. Primero escribiremos la fecha. ¿Quién sabe en qué día de la semana estamos hoy? Sanguinetti se apresuró a responder 24. Sí, Sanguinetti, hoy es 24. Pero he preguntado por el día de la semana: lunes, martes… ¿Qué día es hoy? Viernes, respondió Quispe. Eso es, Quispe, viernes. Entonces escribamos. Viernes, 24 de mayo. ¿Y de qué año? Fue ahí cuando tú, Beto, te apresuraste a responder 1940, señorita. ¡Sabías bien el año, Beto! Sí, porque en casa del abuelo lo comentó la noche en que despedíamos el año 39. Estábamos reunidos en el patio de entrada, cantando Chío, chío, chío. Chío, chío, chó. Canta, canta, pajarillo que tu cantar me alegra el corazón. En un momento dado el piano dejó de tocar. Interrumpimos la canción y oí la voz del abuelo Gregorio. Son las doce. ¡Feliz Año Nuevo! Los chicos gritamos y saltamos, mientras los mayores se daban el abrazo del año nuevo. Feliz año nuevo, feliz año nuevo. Estábamos contentos y con deseos de fiesta. Papá estaba a mi lado, se le acercó el abuelo y le escuché decir en voz baja: Alberto, mal año este de 1940. Empieza con una guerra europea, nada más terminar la de España. Una guerra tras otra, Dios nos ampare.

Después de estas palabras del abuelo, yo recordé cuando papá unos meses antes había llegado a casa y apenas entró dijo a mamá: Malas noticias. ¡Empezó la guerra mundial! Esto me lleva a pensar que Europa siempre está en guerra. ¿Por qué se alarman papá y el abuelo si nosotros vivimos en el Callao, en el Perú, tan lejos de Europa? Después de escribir 24 de mayo de 1940, le pasaste el papel secante por encima y ya estabas preparado para el dictado. ¿Qué ocurrió entonces, Beto? No te lo imaginabas. Ni tú ni nadie, Beto. No cabía en ningún cerebro lo que estaba por ocurrir. Lo primero que sentiste cuando despertaste aquella mañana fue un leve movimiento, pero después una sacudida te hizo abrir bien los ojos. De inmediato te diste cuenta de que algo serio ocurría, aunque te pareció que todo estaba en orden allí dentro de ese compartimiento del submarino R1.

Pero cuando el comandante Mariátegui dijo muy alterado ¡ataque a estribor! diste un salto y notaste que sus bigotes se movían con intensidad mientras hablaba. Después, un estrépito en las aguas hizo que el submarino se bamboleara peor que una coctelera. Sin duda alguna se trataba del ataque de un navío poderoso, tal vez un crucero o quién sabe un acorazado. El peligro tenía que ser grande. No podemos sumergirnos porque no tenemos fondo, le escuchaste decir a los bigotes de Mariátegui y casi a ciegas buscabas el flotador para ponértelo. El instinto de supervivencia te llevaba a actuar con mucha prisa buscando la manera de escapar al ataque. Ya puesto en pie, estiraste los brazos con desesperación y desde ese momento fue la inconfundible voz de tu mamá la que te hizo reaccionar. Vamos Beto, despiértate. Levántate que hay que comprar pan. Despiértate, hijo. Como por encanto desapareció el submarino y apareció nuestra casa. Allí estaba mamá y se trataba de un día cualquiera. El tono de su voz me lo demostraba. No había ataque de ningún acorazado, ni cualquier novedad aparte de que fuera viernes, un día cualquiera. ¿Te parecía un día cualquiera, Beto? Sí, estábamos en mayo sin nada importante a la vista. En cambio, el primero de abril sí lo fue porque inicié mis estudios de primaria y todo cambiaba en poco tiempo.

Tenía nueva vivienda y nuevo colegio. Muchos cambios, para los que me había ayudado mamá. Y hoy de mañana ahí la tengo, apenas he abierto los ojos y sus zapatos claros, estrechos, apropiados para sus pies finos me dicen que ya está a mi lado alentándome para que deje el sueño, baje a tierra y empiece la vida de este día, es decir comprar pan, desayunar e ir al colegio. Todo eso lo comprendía y aceptaba, pero aferrándome al recuerdo del submarino intenté protestar. Caray, mamá, tengo sueño. Vamos, Beto, despiértate. Sujétate a mi brazo. Bien ya tienes los dos pies en el suelo. Eso es, levántate. ¡Ya está! ¿Ves qué fácil? Tus ojos se cerraban y tenías que quitarte las legañas antes de dar el primer paso. Pero Lidia, tu mamá, te invitaba a caminar e ir al baño. Tenías que dejar la cama y las sábanas y esos sueños de los que hasta el momento no te habías desprendido, ni querías hacerlo. Había que defenderse del ataque por estribor, eludir al acorazado y salvar al submarino R1. Apretabas el puño para sostener las sábanas y las frazadas, intentando retener las últimas imágenes que se desvanecían en el gris vaporoso de esa mañana de un día cualquiera. Volví a sentir la tibieza de sus brazos, el aliento de su voz. Me incorporé y pasé las manos por los ojos para restregarlos. Limpié la visión y desaparecieron aquellos paisajes con el mar al fondo. Se perdieron esas lomas cubiertas de vegetación, se esfumaron los oleajes que levantaban espumas y se fueron haciendo concretos y claros los espacios de la habitación. Mamá, con su vestido de azul muy claro que le cubría las rodillas. El pelo recién cortado ratificaba su natural optimismo en estas horas del día que comienza. La ventana que iluminaba un sol todavía tímido, que no se animaba a aparecer del todo, dejaba pasar ese aroma inconfundible a sal y a humedad, en definitiva a mar, que me acompañaba en los despertares. Era la cercanía del gigantesco Pacífico, a medio kilómetro de casa, que parecía rodear a nuestro barrio. ¿Rodear? No, más bien envolver.

El mar me envolvía y también a la casa y al Callao entero. Pero en esos momentos sentir el agua fresca que llevaba a la cara para lavarla era como una caricia que me daba los buenos días. Ya estoy listo, mamá. Sí, te habías vestido correctamente con los pantalones bombachos y hasta con los zapatos negros, limpios y brillantes, al estilo marinero como te había enseñado tu padre, que en estos momentos está en el navío Almirante Guisse. Pero seguías pensando cómo podían hacer los submarinos para defenderse de los acorazados, los cruceros y los destructores. Cómo el R1 podía eludir a un navío de guerra similar al Guisse, por ejemplo. Pero, Beto ¿ya fuiste por pan y tamales? Allí estaba Lidia enérgica y decidida. No, mamá, ya voy. Y entonces, Beto, saliste por la puerta, bajaste la escalera pasando junto al consultorio todavía no abierto del dentista.

Afuera, a pesar de lo avanzado del otoño, te aguardaba una mañana soleada y con temperatura agradable. En la calle se respiraba ese aire húmedo por la cercanía del mar y te mezclaste con los que iban a comprar al Mercado Central que estaba ahí no más, al frente. Era sólo cruzar la pista de la espaciosa avenida Sáenz Peña y ya estabas en el Mercado Central, edificio de dos plantas que ocupaba toda la manzana. La planta baja, dedicada por entero al mercado y la planta alta un inmenso comedor para escolares, el Refectorio Municipal del Callao. Los cuatro lados del mercado eran una continuidad de tiendas abiertas a las calles y con toldos desplegados. El acceso a su interior se hacía por entradas en el centro de las cuatro calles, además también por las cuatro esquinas. Miraste la torre central del edificio. Te imponía allá arriba esa estructura en forma de cubo como un lugar de referencia y por lo señorial de su arquitectura terminada en la parte superior por una especie de cúpula que te recordaba los edificios de La Colmena o de la plaza del 2 de Mayo en Lima. Esperaste que pasara el tranvía, cruzaste la avenida para dar una mirada a los productos que se vendían. Esquivaste a una mujer con guardapolvo blanco frente a un carrito acondicionado para vender jugos de fruta.

Pero, un momento… ¡Atención! Bueno, bueno, parece que aquí sucede algo. ¡Atención, R1, atención! Hay amenaza de ataque combinado. Tres muchachos de mi edad salían a mi encuentro y me cerraban el paso. De improviso, sin que pudiera evitarlo, me rodeaban con actitud agresiva. Para mi suerte desde el cielo bajó de improviso una pareja de pelícanos, de esas grandes aves que llevan una bolsa debajo del pico. Era la primera vez que veía ese tipo de pajarracos y creo que los otros tres tampoco los habían visto en su vida. Quedaron tan paralizados por la sorpresa que se achicaron y yo de inmediato me las piqué, me largué. Me metí en el mercado y me escabullí. Entre tanta gente no me encontrarían. Conclusión: El R1 había hecho una maniobra evasiva para despistar a tres barcos de superficie sin llegar a combatir. Me pareció que no estaba mal. Hasta podía estar bien. Era preferible eludir a perder un combate.

En el mercado, como todos los días, había tamales recién preparados, huevos frescos, uvas de Ica y de Chincha, papayas y piñas del Perené, paltas de Huánuco, además de muchas clases de papas de Jauja: blancas, amarillas y hasta las moraditas. Pero tú ibas a los tamales. Pediste tres bien calientes y después de una rápida mirada al tráfico volviste a cruzar la avenida, entraste a la panadería y pediste cinco panes. ¿Tolete, francés, pinganillo, qué quieres? Francés. Y te entregó el pan envuelto en papel blanco que aseguró haciéndole dos nudos, como orejas a los lados. Es un real. Toma el real, le dije. Bien, aquí tienes la yapa. Y claro, contento recibí el papelito, lo doblé y lo guardé. Era el cuarto que tenía. Con cinco papelitos ya podía pedir un chancay, ese bollo tan agradable, como yapa. El pan tenía aspecto delicioso. Estaba caliente, crujiente, bien hecho. Y qué buen tamaño tenía.

Saliste contento de la panadería y casi chocaste con una bandada de pájaros que volaba muy bajo. Nunca los habías visto así revoloteando a ras del suelo, casi chocando con la gente para después salir muy rápido como una escuadrilla de aviones en misión urgente. Estos pájaros, qué locos están, oí que decían. Al levantar la vista vi más bandadas volando sin sentido de un lado para otro. Pero me parecía que también los perros estaban raros. Esa misma mañana me había tropezado con uno que no sabía por donde iba. Pocos pasos más allá ya estabas frente a la entrada de casa, una puerta de hierro acristalada que daba acceso a la escalera. La abriste y pronto estabas con mamá y con tía Alicia, su cuñada, que atendían a Raquelita, tu prima de solo unos días de nacida. Sí, habían venido a pasar unos días con nosotros. Llevé el pan y los tamales calientes a la mesa donde ya estaba Beatriz, mi hermana menor que hoy no iría al kindergarten. Podíamos empezar a desayunar. Ya sentado, saboreando la masa de maíz del tamal caliente, oías al locutor decir OAX4A, OAX4Z, Radio Nacional del Perú, para anunciar que conectaban con el extranjero, con la BBC. En medio de los innumerables ruidos y silbidos agudos de la deficiente recepción la conexión empezaba. Estación de Londres de la BBC, decía el locutor soltando luego las noticias del día, las novedades en torno a la invasión del norte de Francia. Por la parte más debilitada de la Línea Maginot, decían. Bueno, yo me voy al colegio. Pronto tenía bien sujeto el maletín de mano con los cuadernos, el bloc borrador, el libro de lectura, la regla, el lápiz negro, el bicolor, la pluma para escribir y el tintero bien tapado para que no se derrame la tinta. ¿Estaba todo? Creo que sí. Libro, cuadernos, bloc borrador, lápices, lapicero, pluma, tinta. Un momento, falta algo. Claro, el papel secante. Si escribo con tinta tengo que secarla y para eso es el papel secante. ¿Pero dónde lo he puesto? En la mesa no está. Ah, sí. Dentro de algún cuaderno. Claro, aquí está dentro del que usaba anoche. Tenía que comprobarlo todo antes de salir. Me lo enseñó papá, que así se hace en la Marina, que la disciplina empieza por el orden. Antes de salir di una mirada a los soldaditos de plomo, mi compacto ejército listo para entrar en combate al estilo europeo. Ya tenía artillería, caballería, infantería, abanderados con sus escoltas, tanques y hasta varios buques. Todo en orden, pero faltaba algo, algo que tenía en mente y que quería tenerlo a la salida del colegio. Mamá me acompañó hasta la puerta, sin bajar la escalera. Le di un beso y al colegio.

Pero antes querías comprobar que al salir el R1 a la superficie no hubiera barcos enemigos apostados para el ataque. Nada por la proa, a babor está tranquilo y estribor sin novedades. Adelante R1. Era solamente dos cuadras, doscientos metros, en dirección a la Fortaleza del Real Felipe y luego girabas a la izquierda hasta la esquina. Allí estaba el colegio, local de una sola planta. Total un recorrido de trescientos metros desde la casa, lo que hacías diariamente. Avanzabas bajo la fila de árboles por la acera lateral del Ovalo Bolognesi. Unos pasos más allá cruzabas al otro lado de la avenida Sáenz Peña. Protegido por los toldos sentías fuerte y delicioso olor a café de Chanchamayo recién tostado, el mejor café, eso decían. Había todo tipo de negocios, pero lo que te embelesaba estaba allí en esa tienda, para ti especial, que tenía muchas cosas de interés que ni siquiera percibías a no ser ese buzo, esa figura de plomo con escafandra y botas especiales. Un buzo, de los que se sumergen en lo más profundo de las aguas marinas. Ideal para auxiliar en los problemas que pudieran tener los cascos de los barcos, ideal para el equipo de submarinos. Era justo lo que le faltaba a tu flota. Cada vez que caminabas por allí lo contemplabas detenidamente, mientras juntabas la platita para comprarlo. Este viernes ya tenías lo suficiente. Lástima que la tienda no habría hasta más tarde. Pero a la salida del colegio vendrías para llevártelo, con toda seguridad. Bien. Así será.

Ya había llegado al colegio y estaba en el salón de clases, cerca del mediodía, atendiendo al dictado interrumpido por el alboroto de los perros en la calle. Correrías, ladridos, aullidos, inquietud que se volvía creciente nerviosismo de alumnos y profesora. El terror a lo desconocido se apoderó de nosotros. Me levanté y quise hablar. Pero en breve instante toda acción se congeló, ni siquiera mi voz terminó de salir. El futuro se había esfumado de forma fulminante. De muy lejos había llegado tan rápido como un rayo un ruido muy intenso y ronco que lo llenaba todo. No pude continuar, no tuve tiempo de terminar de hablar. Pero tan rápido como se fue, volvió otra vez la realidad para sentir que el terror se desbordaba por mis poros. El ruido ahora se sentía profundo como si viniera de las entrañas de la tierra y poderoso como triturar de montañas, aumentó rapidísimo y como tremenda explosión el suelo se levantó con extremada violencia hasta una medida que equivalía a mi propia estatura para después caer con la misma rapidez, en movimientos sucesivos que continuaron sin parar por un tiempo que me pareció eterno. Perdí el equilibrio, pero pude ver mientras trataba de estabilizarme cómo las paredes se inclinaban y se apartaban en un zangoloteo que las destruiría en pocos segundos. El techo íntegro parecía venirse abajo y el suelo se ondulaba en forma constante como un mar violento. Mis compañeros de clase y hasta la profesora, huyeron con desesperación hacia la puerta. En esa estampida chocaban entre ellos, resbalaban, se caían, se empujaban, formando un tumulto que clausuró la salida. Fui el último en llegar hasta la puerta y me cobijé junto a los que todavía no habían podido salir. Poco a poco algunos de los que estaban adelante se arriesgaban a correr hacia el patio para huir del colegio que se desplomaba y el grupo en forma gradual disminuía de tamaño. Aquellos que salían se perdían en la espesa nube de polvo que se expandía por todos lados. Tú, Beto, recibías trozos del techo y de las paredes, una violenta granizada de material de obra que te impactaba en todas partes del cuerpo. Tuviste que agachar la cabeza y protegerte como podías con brazos y manos. Ante la persistencia de los proyectiles, trastabillaste. No cesaban los violentos desplazamientos de la tierra y en el salón de clases se abrían tremendos desgarrones en las paredes como si estuvieran siendo abiertas con gigantesco cuchillo. Esto se acaba y te resignaste, Beto. Trozos de pared y de techo, quincha, madera, yeso, lámparas, instalaciones, vigas, todo, todo se venía abajo y dentro de poco te iba a aplastar. Se acababa la vida, tu vida, antes de que el terremoto terminara.

Así fue, Beto, cuando el mundo se acabó estabas allí con tus siete años vividos intentando protegerte en el umbral de una puerta, arrinconado sin poder evadirte del salón de clases que se venía abajo. El mundo se acababa remeciéndose con violencia. Difícil conseguir estabilidad en un espacio de cuarenta centímetros que subía, volvía a caer y se estremecía. Intentabas sostenerte sobre un suelo que más bien era un mar agitado y violento. Las paredes se separaban y se juntaban. El techo convertido en toldo que ondula por un huracán. Tus ojos temblaban y saltaban de un lugar a otro. Ya no había ningún compañero, nadie. Toda persona había desaparecido. Del techo caían trozos para dejar a la vista un cielo nublado por el polvo. En el salón aparecían grietas, serpientes hambrientas que engordaban con rapidez comiéndose las paredes. El polvo lo llenaba todo. La pierna izquierda de tu pantalón bombacho se atrevió a asomarse al exterior y fue ametrallada por trozos de adobes. De inmediato el bombacho quedó con el color café de su tejido escocés cubierto de polvo y no se veía ahora qué color tenía la camisa beige de manga corta. No podías moverte de donde estabas. Tu pelo abundante y rizado fue alcanzado por un impacto. Caíste de rodillas. Los trozos de pared y de techo, cascotes de quincha, madera, yeso, lámparas, instalaciones, todo, todo se venía abajo y te seguía alcanzando. Te derrumbaste y cerraste los ojos. Se acababa la vida. Se acababa el mundo.

Se te acababa la vida, Beto, antes de que pudieras cruzar la puerta de lo que había sido el salón de clases. Voy a morir, se acabará la historia del R1. No cruzaré la puerta porque las paredes se desploman. Seguiré el consejo de mi abuelo Gregorio. En los temblores es mejor permanecer en el umbral de la puerta. Y después aclaraba que no hay que confundir con el quicio, que es el lateral donde se asegura el marco. No me moveré. Tiene razón en cuanto a la resistencia de las construcciones, pero se equivocó cuando me dijo terco hace dos años. En su casa, enfrentándome a él levanté con fuerza la pierna derecha para estrellarla contra el suelo. Teco, no. ¡No soy teco! Ya lo veo, Beto. Ya veo que no eres terco. Eres terquísimo. Pero se equivocó porque no soy terco aunque de aquí no me mueva. Ya no existe el colegio, no hay salón de clases, el techo ha terminado de caerse. Pero de ese umbral no te movías. Llegabas a divisar el cielo blanquecino y te parecía un mal sueño, Beto. Hasta podías ver la torre del Mercado Central, para ti señal de referencia en el paisaje urbano, esa forma arquitectónica inconfundible que antes no se percibía desde este salón y que ahora veías estremecerse como una cometa, pero todavía sigue en pie. Esa torre no puede caerse, no es posible que se venga abajo porque para mí simboliza al Callao. Lo que no veo es el Refectorio. ¿Dónde está? ¿Se habrá caído o me engaño y continúa estando ahí? Y el terremoto sigue. ¡Dios mío! Padre nuestro que estás en los cielos, es el fin del mundo y después, el Juicio Final. Ya lo habían dicho los curas de la iglesia. Un momento, porque me parece que disminuye el movimiento. Dios mío, que termine, que no sea el fin del mundo. Que acabe ya esta angustia. Pero no, no. Vuelve y más fuerte. Dios mío, la torre parece que se tambalea. Y se tambaleaban todos los conceptos, todos los recuerdos. Veías a papá con su uniforme de marino, todo de azul oscuro y la gorra blanca con los galones dorados llevándote de la mano para que conozcas por dentro el submarino R1, con sus compartimientos estrechos, con aberturas que tienen la forma de latas de conserva. Y veías a tu madre cantando desdeñoso semejante a los dioses, ese vals criollo que tanto te gustaba. Y a tus abuelos Antonia y Gregorio reunidos en el salón empapelado de azul y oro, allá en Lima, conversando sobre la Alhambra. Alhambra, qué nombre tan raro, con una hache intermedia. Mi abuelo decía que estaba en España, en Andalucía, y que era un precioso palacio de los moros. Y aquí en el Callao mi padre me llevaba al cine Alhambra, a media distancia entre el colegio y la casa. Mi pensamiento volaba a la iglesia Matriz donde acostumbrábamos a escuchar misa y a rezar. ¿Se habrá caído la iglesia, la encontraré en pie si me salvo de este terremoto? Pero no, no la encontraré porque en este momento sí se está cayendo la torre del Mercado Central. Se cae, se cae. Ya no está. Se ha caído la torre, mi emblema. ¡Dios mío, esto significa que se acabó todo! Todo terminará por caerse. No hay más salón de clases, ni colegio y este umbral tiene encima una última pared que se vendrá abajo y me aplastará en cualquier momento. Es el fin del mundo, como decían en la Iglesia Matriz. Padre nuestro, que estás en los cielos, apiádate de mí. Estoy listo para el Juicio Final, no veré más a mis padres, ni a mi familia, ni al Callao, ni a Lima, ni a nadie. ¡Dios mío!

Dentro de lo que quedaba del salón del colegio las espesas nubes de polvo se desplazaban y en los espacios intermedios se veía trozos de cielo, pero ya ningún edificio era visible. El Mercado Central y su torre habían desaparecido. Y de un momento a otro, cuando ya no lo esperaba, el intenso movimiento sísmico se fue reduciendo y por fin la tierra se aquietó, dejó de temblar. No lo podía creer. Recién me percaté de que a mi lado había permanecido un compañero. Por breves instantes nos miramos angustiados y sin que pronunciáramos palabra, al toque salió corriendo. Miré alrededor. Todo era desolación. Había desaparecido el colegio. Solamente unas pocas paredes seguían parcialmente en pie, una de ellas la mía. El salón de clases era una sucesión de montículos de desmonte. Con la mano me limpié la ropa y salí a lo que había sido el patio central. Ya no había muros que lo separasen de la calle, empecé a correr, pero me detuve. Recordé las recomendaciones de papá. Siempre debes comprobar si llevas todo lo que necesitas. ¿Algo faltaba conmigo? Me revisé, seguí revisándome, mirando mi ropa, metiendo la mano a los bolsillos, mirando al maletín. Un momento… el maletín ¿dónde está? Entonces me di cuenta de que no portaba el maletín. Eso es lo que falta, no lo tengo. Debo regresar de inmediato y encontrarlo. Beto, a pesar del peligro de que se repitiera el terremoto o de que alguna cornisa o pared te cayera encima, tú decidiste regresar para buscar el maletín que habías dejado. Sí, de inmediato volví hasta lo que había sido el salón. Tenía que identificar mi asiento y al cálculo escogí uno de los montículos que empecé a escarbar. Pero me detuve. Me estremecí porque otro de los montículos se movía. Alguien escarbaba dentro. Me acerqué y con ansiedad retiré todo lo que pude para agrandar un pequeño espacio abierto. Finalmente vi la cara de Oscar Sánchez, mi vecino de asiento. Respiró profundo y salió. Mi primera mirada fue directa a sus labios redondeados cubiertos de polvo y después a sus ojos que yo miraba por primera vez. Estaban emocionados y me delataron un mundo de sentimientos escondidos. Sin atinar a decirnos nada intercambiamos palmadas en los hombros. Dio un paso atrás, me miró. Gggracias, me dijo con lágrimas en los ojos, y salió volando. Se había protegido debajo del pupitre de la profesora. De esa forma consiguió salvarse. Me engañé cuando pensé que era tonto. Seguí con lo mío. Tuve que separar trozos de madera y de desmonte hasta encontrar por fin el pupitre donde me sentaba. No sabía si era el mío, pero al introducir el brazo en busca del maletín sentí que lo tocaba. En ese momento quedé contento. Era el momento de volver a casa. Corrí directo a la avenida Sáenz Peña para ver desde lejos si estaba o no en pie. Por el trayecto veía destrozos, casas caídas, techos deslizados hacia las aceras. El Callao ya no existía. La avenida Sáenz Peña había perdido los elegantes balcones de madera que le daban armonía. Toda la avenida era ruina, una total desolación. Al llegar a la esquina mi vista se alegró. Allí estaba el edificio de la casa, entero, sin daños. ¡El único! Gracias, Dios mío, mamá se salvó. ¡Chim pum, Callao!

Di un salto de alegría sosteniendo en alto el maletín y corrí hacia casa, pero me detuve en la tienda del buzo. La planta alta se había desmoronado. En la planta baja muchos daños habían destruido parte de la tienda, pero en un rincón vi intacto el buzo que tanto ansiaba. En la puerta estaba el dueño examinando los daños. Señor, quiero comprar ese buzo. Me miró en forma interrogante. ¿Comprarlo, hoy? Sí. ¿Ahora? Sí, señor. Bien, no puedo envolverlo, pero es tuyo. Aquí lo tienes, y me lo entregó. Le extendí el dinero. Me miró nuevamente, pero esta vez sonreía al mismo tiempo que una lágrima asomaba a sus ojos. Chico, no me has entendido. Pero no importa. Es tuyo, te lo regalo. Te lo regalo. Llévatelo. Abrí los ojos de alegría. Gracias, señor, y salí corriendo. Ya tenía el buzo. ¡Chim pum, Callao!

Largo rato quedaste allí abrazado a la cintura de tu mamá, pegando tu cabeza a su cuerpo, viendo sus familiares zapatos de punta estrecha, cuando sentiste la voz inconfundible de papá. Volviste la cara y viste su gorro blanco con visera negra, al momento que le escuchabas exclamar a Lidia un Alberto que le salía del alma. Los brazos fuertes de tu padre rodeaban al grupo familiar, acercándolo al calor de su cuerpo. Alberto estaba feliz, su rostro sonrosado no dejaba de sonreír. Mi mujer, mis hijos, mi familia, todos a salvo. Lo pasé en el Guisse y sentí que el mar hervía y nos engullía. Ha sido difícil llegar hasta aquí. Pero con felicidad estamos juntos y a salvo. Se quitó la gorra y dejó al descubierto esa frente amplia que te era tan familiar. Iremos a dormir a Lima. Así fue. Esa noche estaba reunida la familia entera, como ocurrió el último 31 de diciembre. Beatriz, tu hermana, estaba adormecida en uno de los sofás de ese salón azul y oro de tus abuelos. Tú, Beto, estabas en el otro sofá a punto de dormir, mientras oías a tu padre y a tu abuelo en interesante conversación. Hablaban de las placas tectónicas, del desplazamiento de los continentes, de la deriva de la corteza terrestre, de los epicentros, de la escala de Mercalli y tú, en cambio, empezabas a ver horizontes bellos, paisajes coloridos con el mar al fondo, esos barrios del Callao que tú, Beto, recorriste sin apenas prestar atención y que ahora recién apreciabas. Cuando el mundo acabó aprendiste a querer porque todo había cambiado. Habías tenido una lección de lo que es el amor. Apreciar aquello que ya tienes y que sólo valoras cuando lo has perdido. Veías diferentes a tus padres, a tu familia, a tus amigos y también a tu ciudad, al Callao. Contemplabas Bellavista, plácida junto al mar. La Perla, asomada a la inmensa bahía de Lima. La Punta, proa enfilada a poniente con románticas playas del Pacífico a babor y a estribor. Corrías por las orillas de un mar siempre presente, persiguiendo a las gaviotas, deleitándote con los arreboles chalacos, contemplando las fuertes murallas del Real Felipe, el muelle con las escalinatas al mar, el barrio de Chucuito con su playa asomada al puerto, el Cantolao como una extensión marítima de La Punta y finalmente, la playa del Malecón, un trampolín tendido hacia la isla de San Lorenzo. A punto de caer en la placidez del sueño, rememorabas aquella escena con tu padre. Papá, papá, he visto un tiburón en el mar del Callao. ¿Un tiburón, cómo era? Pues, así, grande, tenía una aleta vertical que sobresalía del mar y nadaba muy tranquilo. ¿Papá, no se meterá en las playas y atacará a los bañistas? No, hijo. Lo que viste no es un tiburón. ¿No? En el Callao no hay tiburones. ¿No hay tiburones en el Callao, papá? No, lo que viste es un delfín. ¿Un delfín? ¿Hay delfines en el Callao? Sí, hay delfines. ¡Delfines! Entonces, papá, ¡Chim pum, Callao!


Extracto de “Cuando el mundo se acabó”, relato del mismo autor.
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