Especiales de los Chalacos

La Negra Belén

(Autor: Domingo Zavala Marttini)

Muchos pensamos mientras recorremos la existencia personal, como será nuestro entierro, del cual jamás nos enteraremos, salvo los ultra-perceptivos creyentes de la vida después de la vida. Otros vivimos pensando que nos atrasamos o adelantamos en nacer y debimos estar en épocas de mucha notoriedad y ser testigos presenciales.

Es mi caso, creo, pues durante mi vida siempre tuve estos dos pensamientos muy marcados y sin darme cuenta, fui testigo presencial de momentos históricos sin proponérmelo, aunque me falta comprobar las primeras líneas con que empiezo esta parte de la historia chalaca.

Conocí a Gloria Ballumbrosio Lobatón una mañana de vientos fuertes después de luna naranja, me dejó a sus mellizas de ébano para que las retratara. Con ellas quedó encargada la tía Angelita Lobatón, amiga carnal de mi madre Myria Marttini, cual uña y mugre desde la infancia no conocen motivo de separación ni de anticuerpos que las divida. Gloria, de blanca sonrisa y ojos saltones me hacía recordar a Nieves, otra amiga de mi madre, con la gran diferencia de ser de ámbitos sociales muy extremos. Nieves era culta y refinada negra de cabellos crespos, Gloria era pasita de cabellera y arrebatada para resolver sus desacuerdos.

Bueno, esta narración no pretende ser extensa ya que se resume a los últimos momentos de “La Negra Belén” como se le conocía, en momentos de su sepelio, para dar razón a los primeros párrafos.

Belén, la llame siempre así creyendo su nombre, murió de bronco pulmonía. Para sorpresa muchos barrios se la pelearon para velarla, al final se decidió llevarla a Corongo y feliz reposorio fue la casa de Eusebio, afamado cocinero y peluquero retirado actualmente de los maquillajes y arreglos femeninos a favor de su actual responsabilidad que es la de criar a sus sobrinos. Allí llegó Belén, con una muchedumbre que pugnaba por cargar sus restos, felizmente antes que desarmen el elegante cajón fue puesta en cripta ardiente de primera clase gracias a la voluntad colectiva antes que la manden a la fosa común.

La formalidad y el rigor que pide estos momentos siempre atrae a personajes místicos y cucufatas, acercándose el atardecer un grupo de damas muy mayores inició una ronda de aves marías y rezos del rosario interminable que el respetable asistente secundo en coro entre miradas de reojo. Los trajes eran de los más pintorescos y la mayoría de los participantes eran amigos y para mi sorpresa también muchos de aquellos que le tenían un extraordinario aprecio por los favores recibidos de la difunta. Belén en vida jamás abandonó a un necesitado de favor a pesar de la extrema pobreza en que ella vivía, resolvía los problemas de los amigos tocando puertas hasta lograr la solución, o conseguía el dinero para comprar las medicinas o sino organizaba las clásicas polladas pro-fondos o rifas a granel y ¡ay! del que no apoyaba.

Las tías ya tenían satisfecho una ronda de rezos de rosario y tomaban aire para iniciar una nueva, cuando las miradas de los invitados se agudizaron, en medio del profundo silencio surgió un tremendo vozarrón que cruzó el aire de un extremo a otro de la casa que despertó a la realidad a todos que adormecidos por el sopor místico ya incomodo, que pugnaban por buscar una salida fresca con cualquier toque. Era Eusebio diciendo – “… hey un momentito, parenla allí, que la difunta en vida jamás congenio con curas ni religiosidad alguna… además ella deseaba que su entierro fuera una jarana… saquen las chelas carajo…”- Y no se de donde pero se inició un jolgorio de rompe y raja con música de todos los estilos criollos y modernos, se destaparon tal cantidad de cervezas que la compañía cervecera debe haber quedado feliz por el consumo de esa sola noche. Los asistentes entre vaso y jarra le tiraban con fuerza al ataúd su brindis eterno, bañándolo de trago entre lágrimas y cantos nada conservadores ya hasta el amanecer. Promediando las diez de la mañana la levantaron a Belén en vilo con cajón y todo para en procesión, sí en procesión, llevarla hacia los barrios que frecuentó en vida y que se pugnaron por velarla. La procesión del Señor de los Milagros quedó chica en multitud.

Chacaritas, Puerto Nuevo, el Barrio Obrero, el jirón Ica, Monteczuma, Puno, Loreto, Apurímac, en fin la lista pertenece a todo el Callao en resumen, cada barrio la esperaba con bandeloras, música, alfombras de flores y arreglos florales y muchísima gente que deseaba tocar el cajón de la negrita perlada como deseando un milagro. A pesar que en vida fue de mal genio y una jodida juergueraza.

En todo el trayecto los equipos de música al hombro no se acallaron ni un instante, la gente cargaba en dupla los cajones de cerveza, tomaba, bailaba y le arrojaban su vaso al ataúd con su salve “…Salud Negra”, “... Por ti mi negra”, “…Salud Belén conchetumadre, porque te has ido… hip”. Tambaleándose el cajón llevado por mujeres totalmente embriagadas con botella en mano, danzaban para atrás para adelante, cual coreografía finamente ensayada, todos saltaban, bailaban, gritaban, y el cajón… bailaba también, lo subían sobre los hombros hasta tocar el cielo en la puntita de los dedos y lo bajaban rítmicamente hasta casi estrellarse contra el piso entre la algarabía de todos que felices la acompañaron. La Glorita fue enterrada como deseó en vida, con todos los honores, en olor de multitud, para envidia de los seres importantes del poder político.

Y así, llegó a su destino final en el cementerio donde yace en el pabellón de ….. nicho….en fin, averiguaré después, aún no creo pedirle un milagro, pero un domingo de julio del 2003 se fue.

Por ello, no debo quejarme de ser testigo presencial de aquellos momentos históricos que son olvidados por los historiadores formales... y es parte de nuestra memoria olvidada.


Nota: Prohibida la reproducción sin el consentimiento del autor

©1997-2005 CHIM PUM CALLAO